viernes, 18 de agosto de 2017

A mi perrito le gustan las bolas de papel para ponerse a destrozarlas. El pobre las coge, se va a su cama y las hace pedazos. Resulta un desastre, pero él es feliz.

Hace ya varios años, estaba desaciéndome de apuntes y otras hojas desechables de la Facultad con odio y desprecio, haciendo bolas de ira y llamando a mi Dovi para que viniera a recogerlas y las desmembrase con adorable crueldad. Sabía que más tarde tendría que enfrentarme al resultado con escoba y recogedor, pero era un precio que no me importaba pagar.

Más tarde, estando con mi madre en el salón y habiéndome olvidado por completo de las bolas de papel, mi hermana llegó a casa y se dirigió a su habitación para, de repente, soltar un grito que llegaría hasta la última de las viviendas del edificio.

-¡DOVIIIIIIIIII! ¡MECAGÜEN TO LO QUE SE MENEA!! ¡VEN AQUÍ! ¡CÓMO VUELVAS A COGER PAPEL VAS A ESTAR CASTIGADO UNA SEMANA!

Mi hermana, a pesar de que le hemos dicho cien veces que no lo haga, deja al perro dormir con ella. Así que la cama de mi hermana es también la cama de Dovi... 8 ó 9 folios destrozados sobre la cama de mi hermana.

Empecé a reírme histéricamente con todo mi cuerpo pero en completo silencio y me señalé, indicándole a mi madre que había sido yo la que le había dado esos papeles. Mi madre me miró con ojos de reprimenda pero con la risa en la cara. Y después le echó la bronca a mi hermana por acostumbrar al perro a que se subiera a su cama. Mi madre me cubrió, mi hermana limpió mis despreciables apuntes y yo me harté de reír.

Fue bonito

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