viernes, 19 de agosto de 2016

Había una vez un poto...

Los potos son unas plantas que, estéticamente, no llaman mucho la atención. No es una planta bonita, no da flores y... son bastante simplonas. La gente las tiene en su casa porque son fáciles de cuidar, poco exigentes y sus hojas son de un verde brillante que... bueno, dicen "soy una planta". La cuestión es que su tallos son muy débiles. No crecen hacia arriba a no ser que tengan una estructura de soporte. Pero no es que sean trepadoras: o las pones tú ahí, no se suben.

Pues bien. Había una vez un poto que no estaba dispuesto a crecer hacia los lados y ya más bajo no podía caer.

Un día, se le acercó un poste. Creyéndolo un poste alto y sólido, se subió a él más por puro milagro que por fuerza de voluntad (como ya he dicho, no son plantas que trepen... por mucho que quieran). Y de esa forma, junto al poste, empezó a ganar altura y a dejar que sus hojas crecieran grandes y vistosas.

Pero un día, un viento llegó y el poste no quiso quedarse recto. ¿Estaba roto? ¿Era de un material defectuoso? ¿Simplemente pensó que era una tontería quedarse recto enfrentando el viento? Fuera cual fuera la razón más allá del soplido del viento, el poste cayó, y con él, el poto. Y en el golpe se rompieron sus finos tallos, quedando herido, en el suelo y sin perspectivas próximas de poder volver a levantarse.

¿Cuánto tardarán en sanar las heridas de la insulsa planta? ¿Volverá a levantarse? Es decir, ¿volverá a confiar en otro poste para poder crecer hacia arriba? ¿O se quedará pequeño en su lugar, cerca del suelo para nunca mostrarse de nuevo?


lunes, 1 de agosto de 2016

Lo que significa realmente madurar

No es que no lo supiera de antes, pero recientemente me he vuelto a dar cuenta de que me evado en los mundos de fantasía de mis libros. La realidad es tan cruel y las personas tan malas, que la única forma de encontrar paz, bondad, justicia y felicidad, es irse a los libros.

Tras nuevos sucesos negativos que me han rodeado recientemente, y descubrimientos desagradables por todos lados, me he encontrado a mí misma queriendo alejarme de las personas que me rodean y queriendo hundirme en mis libros y sus mundos. Mundos que son aquellos en los que quiero vivir. Donde la justicia al final aparece, las cosas son fáciles y los malos, de una forma u otra, acaban pagándolo. Echo de menos fantasías como la lealtad, la honradez, el honor,...

Me veo a mí misma refugiándome en la fantasía como si fuera un alucinógeno.

Madurar es en realidad la podredumbre del alma. A medida que crecemos vamos conociendo la crueldad de las personas. La humanidad usa su imperfección como excusa para el egoísmo y la maldad. Y todo ello crea un rencor hacia el inocente que nos hace querer volcar toda nuestra negrura sobre él para que así su alma quede tan corrupta como la nuestra.

Madurar es recibir palo tras palo hasta que aprendemos a ser cuidadosos, a ser previsores contra todas las cosas malas que nos puedan pasar, a desconfiar de todo y de todos,...

Ahora entiendo las miradas de los "maduros" al escuchar lo que eran puras, inocentes fantasías. Ellos ya han aprendido que cosas estúpidas como la confianza, son sólo la expresión de la ingenuidad.

Madurar es la pérdida de la inocencia. Y de la alegría, la hermandad y de todas las cosas por las que merecía la pena vivir.