lunes, 21 de abril de 2014

Pocas condenas hay mayores que la inseguridad

Parece ser que hay otra consecuencia a esto de la baja autoestima.

Y es que, una vez aceptado que hay personas que te quieren, que se preocupan por ti, a las que realmente les gusta pasar algún tiempo contigo (por muy loco que pueda parecer), surge el problema de la compensación.

Es que, claro, si crees que es imposible o altamente improbable que alguien te quiera, cuando alguien te quiere pretendes que siga siendo así. En plan: "Si no son éstas poco exigentes personas, ¿quién me va a querer a mi?" Y la inseguridad hace que, sea lo que sea, todo lo que hagas con y/o por esas personas, sea insuficiente o contraproducente.

Lo que en cristiano viene a ser que, tras haber pasado un rato (pequeño o grande) con una persona a la que quiero, después me tiro horas y días pensando en todo lo que hice mal, lo que debería haber dicho, lo que NO debería hacer dicho... Bueno, días... según la metedura de pata, puedo estar con remordimientos el resto de mi vida.

No puedo parar de pensar que siempre hago poco por los demás, que soy una egoísta y hasta que sería mejor alejarme de ellos, pues nadie merece alguien como yo.


Al fin y al cabo, Nueva York tiene calles que es mejor evitar.

A veces me creo una versión de Dorian Gray en la que debo luchar de forma constante para que nadie vea mi verdadero yo profundamente egoísta y demente.