jueves, 6 de marzo de 2014

Cachitos de lo que estoy leyendo: "Dioses menores", de Terry Pratchett.

Lo que yo me estoy riendo con esta novela no es normal. Si no conocéis a Terry Pratchett, mucho estáis tardando.

En serio, esta novela es absolutamente genial. Necesito ampliar mi vocabulario. No tengo palabras para describirlo. Es por eso que voy a compartir uno de los trozos que más me ha hecho reír:

Y entonces una puerta se abrió bruscamente calle abajo y se oyó el chasquido de un ánfora de vino bastante grande siendo hecha añicos encima de la cabeza de alguien.
Un anciano flaco que llevaba una toga se levantó de los adoquines en los que había aterrizado y le lanzó una mirada asesina a la entrada.
—Lo que os estoy diciendo, y a ver si me escucháis de una vez, es que un intelecto finito, eso, finito, no puede llegar a la verdad absoluta de las cosas mediante la comparación, porque siendo por naturaleza indivisible, la verdad excluye los conceptos de "más o "menos" de tal manera que nada salvo la verdad misma puede ser la exacta medida de la verdad. Bastardos—dijo.
—¿Oh, sí? —dijo alguien desde dentro del edificio—. Eso es lo que tú dices.
El viejo ignoró a Brutha (el protagonista) pero, con gran dificultad, extrajo un adoquín y lo sopesó en su mano.
Después entró corriendo en la casa. Hubo un alardido de rabia distante.
—Ah. Filosofía —dijo Om.
Brutha echó un cauteloso vistazo desde detrás de la puerta.
Dentro de la sala había dos grupos de hombres prácticamente idénticos vestidos con togas que trataban de contener a dos de sus colegas. Es una escena que se repite un millón de veces al día en los bares alrededor del multiuniverso: los dos aspirantes a combatientes gruñían y se hacían muecas el uno al otro e intentaban soltarse de las manos de sus amigos, sólo que por supuesto no lo intentaban con demasiada energía, porque no hay nada peor que conseguir liberarse de las manos que te están conteniendo y encontrarse de pronto totalmente solo en el centro del ring con un loco que se dispone a atizarte entre los ojos con una roca.
—Sí —dijo Om—. Filosofía en acción, no hay duda.
—¡Pero se están peleando!
—Un intenso intercambio de opiniones expresadas con toda libertad, sí.
Ahora que podía verlos mejor, Brutha se dio cuenta de que había una o dos diferencias entre los hombres. La barba de uno era más corta y su cara estaba muy roja, y estaba agitando un dedo de manera claramente acusadora.
—¡Me ha acusado de calumnia y difamación! —gritaba.
—¡No lo he hecho! —replicó el otro hombre.
—¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste! ¡Cuéntales lo que dijiste!
—Oye, meramente sugería, para indicar la naturaleza de la paradoja, eh, que si Xenón el Efebiano decía "Todos los efebianos son unos mentirosos"...
—¿Veis? ¿Veis? ¡Lo ha vuelto a hacer!
—No, no, escucha, escucha... Entonces, dado que Xenón es un efebiano, eso significa que él mismo es un mentiroso y por consiguiente...
Xenón hizo un decidido esfuerzo para soltarse que arrastró a cuatro desesperados colegas a través del suelo.
—¡Te voy a partir la cara, amigo!
—Disculpadme! —dijo Brutha.
Los filósofos se quedaron inmóviles. Después se volvieron para mirar a Brutha. Se fueron relajando gradualmente y hubo un coro de toses avergonzadas.
—¿Todos sois filósofos? —preguntó Brutha.
El que se llamaba Xenón se pudo bien la toga y dio un paso adelante.
—Exacto —dijo—. Somos filósofos. Pensamos, por lo tanto existimos.
—Existimos —dijo automáticamente el infortunado fabricante de paradojas.
Xenón se encaró con él.
—¡Mira, Ibíd, me tienes hasta las mismísimas narices! —rugió. Después se volvió hacia Brutha—. Existimos, por lo tanto somos —dijo muy seguro de sí mismo—. Eso es.
Varios filósofos se miraron con visible interés.
—Eh, eso es bastante interesante —dijo uno de ellos—. Estás diciendo que la evidencia de nuestra existencia es el hecho de nuestra existencia, ¿no?
—Oh, cállate —dijo Xenón sin mirar alrededor.
—¿Habéis estado peleando? —preguntó Brutha.
Los filósofos adoptaron distintas expresiones de perplejidad y horror.
—¿Peleando? ¿Nosotros? Somo filósofos —dijo Ibíd, consternado.
—Desde luego que lo somos —dijo Xenón.
—Pero estabais... —comenzó Brutha.
Xenón agitó una mano.
—El apasionamiento del debate —dijo.
—Tesis más antítesis igual a histéresis —terció Ibíd—. La astringente puesta a prueba del universo. El martillo del intelecto cayendo sobre el yunque de la verdad fundamental.
—Cállate —dio Xenón—. ¿Y qué podemos hacer por ti, muchacho?
[...] —Uh, quiero saber algunas cosas sobre los dioses —dijo Brutha.
Los filósofos se miraron.
—¿Dioses? —dijo Xenón—. Los dioses no nos interesan en lo más mínimo. Reliquias de un sistema de creencias periclitado, eso es lo que son.
Un rumor de truenos resonó en el cielo despejado del atardecer.
—Salvo el Ciego Io el dios del Trueno —siguió diciendo Xenón, sin que su tono cambiara apenas.
Un relámpago destelló a través del cielo.
—Y Cubal el dios del Fuego —dijo Xenón.
Un ráfaga de viento sacudió las ventanas.
—Aunque Flátulo el dios de los Vientos tampoco está nada mal —dijo Xenón.
Una flecha se materializó en el aire y se incrustó en la mesa junto a la mano de Xenón.
—Seurus el Mensajero de los dioses, uno de los grandes de todos los tiempos —dijo Xenón.
Un pájaro apareció en el umbral. Al menos tenía un vago parecido con un pájaro. Mediría unos treinta centímetros de altura, era blanco y negro, y tenía el pico torcido y una expresión que sugería que lo que más temía que le sucediera, fuera lo que fuese, ya le había sucedido.
—¿Qué es eso? —preguntó Brutha.
—Un pingüino —dijo la voz de Om dentro de su cabeza.
—¿Pátina la diosa de la Sabiduría? No hay otra como ella —dijo Xenón.
El pingüino le soltó un graznido y después se marchó con andares tambaleantes para perderse en la oscuridad.
Los filósofos parecían bastante desconcertados. Finalmente Ibíd dijo:
—¿Foorgol el dios de las Avalanchas? ¿Dónde están las nieves más próximas?
—A doscientos kilómetros de aquí —dijo alguien.
Esperaron. No ocurrió nada.
—Reliquia de un sistema de creencias superado —dijo Xenón.


Obviamente, si tuviera que copiar cada frase buena de la novela, tendría que copiar la mitad aquí, y quiero conservar mis dedos y eso.

Muy, muy, muy recomendado. Lo único que advierto que, o bien no te importa que la gente piense que andas mal de la azotea por reírte sola en el tren, o lees en tu casa. Yo sólo lo digo.

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