lunes, 19 de noviembre de 2012

Buena con todos, correspondida por ninguno

Ésta es una entrada que escribí hace algo más de medio año en el trayecto de la facultad a lo que una vez llamé casa. Muchas cosas han cambiado desde entonces y ahora el contenido de lo escrito carece de realidad presente o de importancia dentro de mi interminable lista de problemas. Pero sí perteneció una vez a mi presente y no quiero que se pierda. Lleva una eternidad en borradores y ya va siendo hora de que vea la luz.



      Buenas con todos, correspondida por ninguno.

      Así rezaba un tweet que escribí antes de ayer.

     Yo soy buena persona. Pienso mal del 96% de la población, pero raramente le haría ningún mal intencionado a nadie. Al contrario: siempre intento ayudar a todo el mundo dentro de mis posibilidades. Ya sea algo tan común como darte 4h de clase de matemáticas a cambio de una sonrisa o cosas tan disparatadas como acompañarte a pie durante 6 km para entregarle un dibujo a tu novio en su puesto de trabajo (cuando vive a un par de decenas de metros de tu casa) en el peligroso día en el que la selección española de fútbol gana el mundial.
     O el mayor favor de todos, que es mantenerte una sonrisa cualquiera que sea mi estado de ánimo o mi opinión sobre ti.
     Es así. Intento ser agradable, tratar bien a todos y ayudar en lo que puedo, sin importar como "me cae".

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     ¿Y bien? ¿Qué he recibido a cambio de toda esa amabilidad y buena predisposición?

     Muy poco.

     Juro que cada vez que alguien me hace un favor, me doy con un canto en los diente. ¡Es que hay veces en que hasta me sienta mal porque algo me dice que no lo hacen de corazón o por correspondencia a mí, sino por pura obligación! Incluyendo a mi familia. Ha llegado un punto en el que ni siquiera me gusta que me hagan favores aunque, estúpidamente, los siga esperando.

     Y la amabilidad... Sé que cuesta, yo lo sé. Pero creo que la buena educación es lo mínimo. También me ocurre como con los favores: me siento incómoda cada vez que alguien es amable conmigo, porque creo sinceramente que les supone hasta sufrimiento un simple saludo.

     La verdad es que me han tratado tan mal, que me sorprende que me traten bien.

     Al menos, un día tomé una decisión: para que me traten mal, prefiero que no me traten. Y, no sé si para bien o para mal, está funcionando.

     Voy a concretar: me acaban de volver la cara (estoy escribiendo esto en el tren). Se trata de un chaval con el que he compartido 4 años de instituto, 2 años de clase, un viaje a Mallorca y otro por Inglaterra. Sólo tengo 2 recuerdos de él en el que no me tratara mal o con indiferencia: en Stamford me hizo el favor de sacar una foto de grupo con mi cámara, y una vez en el pasillo del instituto me habló como una persona normal (lo que hacen las épocas de exámenes).
     Bajando por las escaleras mecánicas de la estación, vi y no vi (porque soy miope y porque los viernes no suele coger el tren nadie que yo conozca, con lo que no iba pendiente de la gente) a un muchacho hablando por teléfono. El caso es que sus pies entraron en mi distraído campo visual: estaban al borde de la otra escalera, la que subía. Él se dio la vuelta y "jugueteó" un poco con la cinta en movimiento. A medida que yo bajaba, él se aproximó más y más a la pared, hasta pegarse a ella y ocultar su cara con el teléfono móvil. Su actitud me llamó la atención por lo extraña que era (aunque no mucho más de lo que cabe esperar en ese lugar). —Inciso: estoy ahora en el bus, y acaba de subir un muchacho con el que he crecido... Tampoco me ha saludado... ¿Qué es lo que tengo?— Pero me fijé en él lo suficiente para ver que llevaba en la cinta de la mochila dos flotadores de las calles de las piscinas, que reconocí inmediatamente. Como una gilipollas me dije que no era él, que no podía ser él, que no tenía por qué ser su mochila y que no me habría visto. Después me recordé quién era él y me di cuenta de que ese comportamiento para conmigo era perfectamente normal. Así que, cuando llegó el tren, intenté ponerme en un vagón diferente del suyo. Pero no fue suficiente, y lo vi acercarse. Me miró y yo lo miré. Y abrí los labios para saludarle; pero mi voz no salió antes de ver cómo pasaba por delante mía, dirigiéndose hacia algún otro conocido.

     Bueno, "otro conocido" no es exacto. Habría que cambiar "otro" por "un", ya que parecía que allí sólo había una persona a quien saludar. Yo no soy saludable. Supongo que tomo demasiado chocolate.

     La verdad es que me ha sentado como una patada en el estómago. No es que quiera trato con él o que me desagrade la idea de no volver a hablarle. Es algo más relacionado con mi autoestima, ya que siempre he querido creer que los motivos de desprecio a mi persona (provenientes sobretodo del género masculino) tenían relación con la inmadurez, y que con el paso de los años y con el factor "está sólo, no con su grupito de machos", podría empezar a ver que el problema no soy yo, sino ellos.
     Puede parecer una rabieta sin sentido, pero para mí es importante. No por "ser aceptada", sino por la confirmación de las teorías que he intentado construirme para no caer en traumas.

     Algo parecido me sucedió antes de ayer (dando lugar al título). En este caso, se trata de un muchacho con el que también he compartido muchos momentos. Muchos. Durante un tiempo lo estuve llamando amigo y la verdad es que me gustaría hacerlo de nuevo. Sin embargo, pocas veces se ha mostrado agradable conmigo. Yo no recuerdo, de hecho, ningún momento en el que haya sido amable conmigo. Es más, muchas veces he creído que le caía mal o que me toleraba, pero no más.
     Este mismo chaval, hace cosa de dos meses, nos hizo un "favor" (llamémoslo así, aunque no sea tal) a una amiga nuestra y a mí.
     Este mismo chaval, antes de ayer, me vio a mí en la misma situación que la vez anterior, sólo que de repetir él la buena acción, sí hubiera sido un verdadero favor. Pero, oooooh... faltaba un detalle: nuestra amiga. Apostaría mi peluche de Mokona a que si hubiera llegado a estar ella, sí nos hubiera hecho el favor (aunque ya no habría sido tal). Claro, se me había olvidado que por Saskia nadie mueve un dedo.


      Son sólo dos casos los expuestos, pero ni mucho menos los únicos. Pero es que, que haya venido de ellos dos y en sólo dos días,... me ha afectado.

      Además ambos pertenecen (o pertenecían) al sector característico de "vamos a humillar a la humillable Saskia" (pero como Saskia ya no es humillable, se limitan a ignorarme). Éste sector está compuesto por los chicos (abarcando sólo el masculino) de mi edad. Puedo contar con los dedos de la mano los chicos de mi edad (no de ahora, de siempre) que han sido verdaderamente agradables conmigo: 4. Bueno, en realidad a uno de ellos no debería contarlo porque una vez me hizo una putada que difícilmente olvidaré (y ya han pasado cuatro años). Todos y cada uno de los demás han contribuido en mayor o menos medida a destruir mi autoestima


¿Sabéis quién es la persona más amable y que hay en mi vida? El chófer del autobús de mi barrio: me lleva a donde necesito, siempre es cortés, nunca me pide el carnet de estudiante para cobrarme más barato el viaje y todavía no ha habido una vez que no me haya hecho el favor de parar justo en frente de mi casa.

Por los demás, es mencionar que necesito algo y salir mil escusas que argumentan que no vale la pena ayudarme.

A ver, como haber, sí que hay, afortunadamente, gente que me quiere y que de vez en cuando hace lo que sea por mí. Si no la tuviera haría tiempo que me hubiera convertido en hermitaña.

    Pero, en conjunto, no puedo dejar de darme cuenta de que por cada diez semillas que planto, apenas sale una. Es frustrante, y ya no sé si el problema está en mí o de qué narices se trata.

     Lo de ya no ser "humillable", se debe a que un día decidí que "nunca más". Así que me volví seria, fría, y aparentemente segura de mí misma. Desde entonces, intimido, ya no se me acerca nadie. Para lo bueno y para lo malo. Por suerte, todavía hay gente dispuesta a acercarse a mi y descubrir que en el fondo no estoy tan mal.

Y ya está.

5 comentarios:

  1. Pues no sé qué decirte. Por un lado celebro que sea cosa del pasado, aunque como expresas en la siguiente frase, quizá no sea lo mejor. Optaría por ir a mi rollo ya que según dijo Josep Pla, el entorno de uno se compone de cuatro categorías:

    a. Los desconocidos.
    b. Los conocidos
    c. saludados.
    d. Los amigos.

    Más de cinco amigos es contraproducente.

    Besos, princesa.

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    1. El problema es que cuando alguien sube de la categoría a) a la d), provoca alegría; pero no se puede evitar la triteza cuando la dirección es inversa.
      Pero, bueno, ahora lo veo todo con humor y, como dices, voy a mi rollo, intentando no pensar nunca en la gente tóxica.
      Mil besos para ti también.

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  2. ¿De verdad te molesta que no te haya saludado semejante imbécil? Tienes suerte, yo tengo que girarle la cara y hacerme la loca porque es más bipolar que Lucy de Elfen lied (con la cosica esta de no asesinar a nadie con otra arma que no sea la mirada) y hay veces que me saluda y hay veces que no. Yo prefiero que no lo haga y solo le tolero cuando está con su novia.
    Y no sabes tú bien que el otro es otro capullo que no tiene nada que ver con nadie, que es un veleta y señala donde le indica el viento, que me digas que no te ha saludado alguien simpático y amable entiendo que te sientas mal, ¡pero por estos dos ni mijita!

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    1. "Más bipolar que Lucy"!! JAjajja sin duda.
      No es que mi sintiera mal (sabes que tengo demasiado amor propio), pero sí muy decepcionada y algo triste.

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  3. En primer lugar, si esos dos chavales son unos capullos que rara vez se han mostrado amables contigo, no se merecen ni que tú los saludes! Así que que no te moleste que ellos no lo hagan. Quien sabe, igual no te saludan porque se avergüenzan de haberse portado mal contigo. Vamos, que no te rayes por esa gente, que no merece la pena.
    A mí también me pasa que a veces me cruzo con gente de clase con la que no me llevo, y miran a otro lado o al móvil o lo que sea, para no saludar...pero, qué quieres que te diga, no son personas importantes para mí, así que me la trae al pairo xD Mis amigos, la gente que sí es importante para mí, sí me saludan, aunque sean cuatro gatos, y es lo que me importa :)
    En 2º lugar...Los niños (niños y niñas) son unos cabrones, así de claro. Pueden ser muy crueles. Por eso me repatea mucho cuando la gente dice que su mejor época fue la del colegio y que les encantaría volver. Me dan ganas de darles una torta. Yo tampoco tuve una "maravillosa" infancia, y... no sé, creo que debido a eso soy tan tímida y callada. En plan, tengo miedo a decir cualquier cosa y que se rían de mí, así que prefiero callarme. Creo que en eso nos parecemos. Pero por otro lado, he desarrollado la técnica de reírme de mí misma antes de que lo hagan los demás.
    PD: qué persona más maja debe de ser el chófer de tu bus *.*
    PD2: el problema es que hay muy poca gente que plante semillas, como tu :) Hacen falta más Amelie Pouland en el mundo.
    << Puede parecer una rabieta sin sentido, pero para mí es importante. No por "ser aceptada", sino por la confirmación de las teorías que he intentado construirme para no caer en traumas.>> +1000

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