jueves, 30 de diciembre de 2010

Extracto

Entraron en el local. Más que una joyería, parecía una tienda de antigüedades. Las joyas no estaba dentro de urnas, detrás de gruesos cristal. Ni se trataban de filas de anillos y cadenas de oro y plata relucientes. Casi parecía un museo. Las alhajas era de un diseño pasado de moda hacía... Ellas no sabían de eso, pero seguro que Irene podría decirles exactamente a qué décadas pertenecían... Y estaban colocadas todas en bustos de mármol gris y rosa. Aunque el pelo estaba tallado, también tenía obras colocadas, como pasadores o coronas. Uno llevaba una especie de fina red que acompañaba el complicado recogido gris haciendo que pareciera que brillara... como si el avalorio formara parte indiscutible de la piedra...
Celeste se quedó mirando una tiara de oro blanco con diamantitos rosas minúsculos. Alejandra, un guante que daba la ilusión de ser una mano de esmeralda abrazada por ramas, lazos de plata negra. No, más bien parecía miles de trozos de... ¿criptonita? unidos gracias a los férreos hilos negros. Y, sin embargo, era un guante.
Apareció tras el mostrados el señor Ollivanders... Perdón, salió el hombre que parecía el dueño de la tienda. Bien podría no serlo, pero su apariencia así lo decía. Era bastante viejo, con el pelo a lo Einstein., con bigote incluido, y llevaba un traje pulcro que eclipsaba la apariencia superior. En total, parecía un viejo chiflado al que vestían bien para que los demás no se dieran cuenta.
Cuenta se dio Alejandra de que rápido se había hecho un prejuicio de ese hombre. Y no estaba bien eso. Así que hizo un pequeño esfuerzo por guardar sus ideas para que no le estorbaran en una conversación perfectamente normal.
Se acercó al mostrador, aprovechando para levantar la barbilla y bajar los hombros.
-Buenos días...
-Ya son buenas tardes -cortó.
Y justo entonces empezó a sonar desde todas partes de la habitación una melodía. Los relojes marcaron las doce.
Celeste pegó un salto de olimpiada. Alejandra sonrió. No, la conversación no iba a ser normal.
Se mantuvo callada el minuto y pico que duró la melodía.
-Si me dices el título -dijo el joyero-, te regalaré esto.
Y señaló con las manos una cajita que había en el centro de la mesa. Era un reloj de bolsillo. De plata, con una amatista tallada en forma de rosa. Era tan pequeño que bien podría usarlo de colgante.
Alejandra no tuvo tiempo de pensarlo dos veces antes de que su boca lo soltara:
-Danza china. Tchaikovsky. Cascanueces.
El hombre sonrió y empujó el reloj en señal de cesión. La chica lo cogió entre sus manos cual lágrima de unicornio. Se quedó embobada mirando lo que al parecer era suyo sin más. De nuevo se hizo el silencio, pero, esta vez, sin música de fondo. El ruido estaba pendiente de si Alejandra salía de su ensoñación.

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