domingo, 31 de octubre de 2010

Becqueriana

Feliz día de Halloween. Bonita leyenda sajona. Si no has tenido un profesor de inglés que te haya explicado alguna vez de dónde viene la historia, es que no tienes infancia. Yo, paso.

Separándonos de los norteños, ¿qué os creíais, que aquí no había nada antes del consumismo americano? Pues sí. La noche del día de difuntos ha sido tema de cuentos y leyendas siempre.

La más apropiada para este día, es "El monte de las ánimas" de Gustavo Adolfo Bécquer. Como ya lo puse el año pasado (por el simple placer de tener algo bueno en mi blog), no lo voy a poner otra vez, así que pincha sobre el nombre. En serio, recomendado.

En cambio, pongo esta que, hoy en día, no es tan terrorífica como debió serlo en tiempos de Bécquer, pero que también es capaz de poner los pelos de punta.

Apaga la luz, palomitas, y déjate llevar por una leyenda de la edad media.




La cruz del Diablo
(1860)

Gustavo Adolfo Bécquer


Que lo creas o no, me importa bien poco.
Mi abuelo se lo narro a mi padre,
mi padre me lo ha referido a mi,
y yo te lo cuento ahora,
si quiera no sea más que por pasar el rato.

I

El crepúsculo comenzaba a extender sus ligeras alas de vapor sobre las pintorescas orillas del Segre, cuando, después de una fatigosa jornada, llegamos a Bellver, termino de nuestro viaje.

Bellver es una pequeña población situada a la falda de una colina, por detrás de la cual se ven elevarse, como las gradas de un colosal anfiteatro de granito, las empinadas y nebulosas crestas de los Pirineos.

Los blancos caseríos que la rodean, salpicados aquí y allá sobre una ondulante sabana de verdura, parecen a lo lejos un bando de palomas que han abatido su vuelo para apagar su sed en las aguas de la ribera.

Una pelada roca, a cuyos pies tuercen estas su curso, y sobre cuya cima se notan aun remotos vestigios de construcción, señala la antigua línea divisoria entre el condado de Urgel y el mas importante de sus feudos.

A la derecha del tortuoso sendero que conduce a este punto, remontando la corriente del río y siguiendo sus curvas y frondosas márgenes, se encuentra una cruz.

El asta y los brazos son de hierro; la redonda base en que se apoya, de mármol, y la escalinata que a ella conduce, de oscuros y mal unidos fragmentos de sillería.

La destructora acción de los años, que ha cubierto de orín el metal, ha roto y carcomido la piedra de este monumento, entre cuyas hendiduras crecen algunas plantas trepadoras que suben enredándose hasta coronarlo, mientras una vieja y corpulenta encina la sirve de dosel.

Yo había adelantado algunos minutos a mis compañeros de viaje y deteniendo mi escuálida cabalgadura, contemplaba en silencio aquella cruz, muda y sencilla expresión de las creencia y la piedad de otros siglos.

Un mundo de ideas se agolpo a mi imaginación en aquel instante. Ideas ligerísimas sin forma determinada, que unían entre si, como un visible hilo de luz, la profunda soledad de aquellos lugares, el alto silencio de la naciente noche y la vaga melancolía de mi espíritu.

Impulsado de un sentimiento religioso, espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me descubrí y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones que, cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse.

Ya había comenzado a murmurarla, cuando de improviso sentí que me sacudían con violencia por los hombros. Volví la cara: un hombre estaba al lado mío.

Era una de nuestros guías, natural del país, el cual, con una indescriptible expresión de terror pintada en el rostro, pugnaba por arrastrarme consigo y cubrir mi cabeza con el fieltro que aun tenia en mis manos.

Mi primera mirada, mitad de asombro, mitad de cólera, equivalía a una interrogación enérgica, aunque muda.

El pobre hombre, sin cejar en su empeño de alejarme de aquel sitio, contestó a ella con estas palabras, que entonces no pude comprender, pero en las que había un acento de verdad que me sobrecogió:

—¡Por la memoria de su madre! ¡Por lo más sagrado que tenga en el mundo, señorito, cúbrase usted la cabeza y aléjese más que de prisa de esta cruz! ¡Tan desesperado está usted que, no bastándole la ayuda de Dios, recurre a la del demonio!

Yo permanecí un rato mirándole en silencio. Francamente, creí que estaba loco; pero el prosiguió con igual vehemencia:

—Usted busca la frontera; pues bien: si delante de esa cruz le pide usted al cielo que le preste ayuda, las cumbres de los montes vecinos se levantaran en una sola noche hasta las estrellas invisibles, solo por que no encontremos la raya en toda nuestra vida.

Yo no pude menos que sonreírme.

—¿Se burla usted?... ¿Cree acaso que esa es una cruz santa, como la del porche de nuestra iglesia?...

—¿Quien lo duda?

—Pues se engaña usted de medio a medio; porque esa cruz, salvo lo que tiene de Dios, esta maldita...; esa cruz pertenece a un espíritu maligno, y por eso la llaman La cruz del Diablo.

—¡La cruz del diablo!—repetí, cediendo a sus instancias, sin darme cuenta a mi mismo del involuntario temor que comenzó a apoderarse de mi espíritu, y que me rechazaba como una fuerza desconocida de aquel lugar—. ¡La cruz del Diablo! ¡Nunca ha herido mi imaginación una amalgama más disparatada de dos ideas tan absolutamente enemigas!... ¡Una cruz...y del diablo! ¡ Vaya, vaya! ¡Fuerza será que en llegando a la población me expliques este monstruoso absurdo.

Durante este corto dialogo, nuestros camaradas que habían sus cabalgaduras, se nos reunieron al pie de la cruz; yo les explique en breves palabras lo que acababa de sucederme: monté nuevamente en mi rocín, y las campanas de la parroquia llamaban lentamente a la oración cuando nos apeamos en el más escondido y lóbrego de los paradores de Bellver.

II

Las llamas rojas y azules se enroscaban chisporroteando a lo largo del grueso tronco de encina que ardía en el ancho hogar; nuestras sombras, que se proyectaban temblando sobre los ennegrecidos muros, se empequeñecían o tomaban formas gigantescas, según la hoguera despedía resplandores más o menos brillantes; el vaso de saúco, ora vacío, ora lleno, y no de agua como cangilón de noria había dado tres veces la vuelta en derredor del circulo que formábamos junto al fuego, y todos esperaban con impaciencia la historia de La cruz del Diablo, que a guisa de postres de la frugal cena que acabábamos de consumir se nos había prometido, cuando nuestro guía tosió por dos veces, se echo al coleto un ultimo trago de vino, limpióse con el revés de la mano la boca y comenzó de este modo:

—Hace mucho tiempo, mucho tiempo, yo no se cuanto, pero los moros ocupaban la mayor parte de España, se llamaban condes nuestros reyes, y las villas y aldeas pertenecían en feudo a ciertos señores que, a su vez, prestaban homenaje a otros más poderosos, cuando acaeció lo que voy a referir a ustedes.

Concluida esta breve introducción histórica, el héroe de la fiesta guardó silencio durante algunos segundos, como para coordinar sus recuerdos, y prosiguió así:

—Pues es el caso que en aquel tiempo remoto esta villa y algunas otras formaban parte del patrimonio de un noble barón, cuyo castillo señorial se levantó por muchos siglos sobre la cresta del peñasco que baña el Segre, del cual toma su nombre.

Aún testifican la verdad de mi relación algunas informes ruinas que, cubiertas de jaramago y musgo, se alcanzan a ver sobre su cumbre desde el camino que conduce a este pueblo.

No sé si, por ventura o desgracia, quiso la suerte que este señor, a quien por su crueldad detestaban sus vasallos, y por sus malas cualidades ni el rey admitía en la corte, ni sus vecinos en el hogar, se aburriese de vivir solo con su mal humor y sus ballesteros en lo alto de la roca en que sus antepasados colgaron su nido de piedra.

Devanábase noche y día los sesos en busca de alguna distracción propia de su carácter, lo cual era bastante difícil después de haberse cansado, como ya lo estaba, de mover guerra a sus vecinos, apalear a sus servidores y ahorcar a sus súbditos.

En esta ocasión, cuentan las crónicas que se le ocurrió, aunque sin ejemplar, una idea feliz.

Sabiendo que los cristianos de otras poderosas naciones se prestaban partir juntos con una formidable armada a un país maravilloso para conquistar el sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo, que los moros tenían en su poder, se determinó a marchar en su seguimiento.

Si realizó esta idea con objeto de purgar sus culpas, que no eran pocas, derramando su sangre en tan justa empresa, o con el de transplantarse a un punto donde sus malas mañas no conociesen, se ignora; pero la verdad del caso es que, con gran contentamiento de grandes y chicos, de vasallos y de iguales, allegó cuanto dinero pudo, redimió a sus pueblos del señorío mediante una gruesa cantidad, y no conservando de propiedad suya más que el peñón del Segre y las cuatro torres del castillo, herencia de sus padres, desapareció de la noche a la mañana.

La comarca entera respiró en libertad durante algún tiempo, como si despertara de una pesadilla.

Ya no colgaban de los arboles de sus sotos, en vez de frutos, racimos de hombres; las muchachas del pueblo no temían al salir con su cántaro a la cabeza a tomar agua de la fuente del camino, ni los pastores llevaban sus rebaños al Segre por sendas impracticables y ocultas, temblando encontrar a cada revuelta de la trocha a los ballesteros de su muy amado señor.

Así transcurrió el espacio de tres años; la historia del Mal caballero, que sólo por este nombre se le conocía, comenzaba a pertenecer al exclusivo dominio de las viejas, que en las eternas veladas del invierno las relataban con voz hueca y temerosa a los asombrados chicos: las madres asustaban a los pequeñuelos incorregibles o llorones diciéndoles: «¡Que viene el señor del Segre!», cuando he aquí que no sé si un día o una noche, si caído del cielo o abortado de los profundos, el temido señor apareció efectivamente y, como suele decirse, en carne y hueso, en mitad de sus antiguos vasallos.

Renuncio a describir el efecto de esta desagradable sorpresa. Ustedes se lo podrán figurar, mejor que yo pintarlo, solo con decirles que tornaba reclamando sus vendidos derechos; que si malo se fue, peor volvió, y si pobre y sin crédito se encontraba antes de partir a la guerra, ya no podía contar con más recursos que su despreocupación, su lanza y una media docena de aventureros tan desalmados y perdidos como su jefe.

Como era natural, los pueblos se resistieron a pagar tributos que a tanta costa habían redimido; pero el señor puso fuego a sus heredades, a sus alquerías y a sus mieses.

Entonces apelaron a la justicia del rey; pero el señor se burlo de las cartas—leyes de los condes soberanos, las clavó en el postigo de sus torres y colgó a los farautes de una encina.

Exasperados, y no encontrando otra vía de salvación, por ultimo, se pusieron de acuerdo entre si, se encomendaron a la Divina Providencia y tomaron las armas; pero el señor reunió a sus secuaces, llamó en su ayuda al diablo, se encaramó a su roca y se preparó a la lucha.

Esta comenzó terrible y sangrienta. Se peleaba con todas armas, en todos sitios y a todas horas, con la espada y el fuego, en la montaña y en la llanura, en el día y durante la noche. Aquello no era pelear para vivir: era vivir para pelear.

Al caso, triunfó la causa de la justicia. Oigan ustedes cómo:

Una noche oscura, muy oscura, en que no se oía ni un rumor en la tierra ni brillaba un solo astro en el cielo, los señores de la fortaleza, engreídos por una reciente victoria, se repartían el botín y, ebrios con el vapor de los licores, en mitad de la boca y estruendosa orgía, entonaban sacrílegos cantares en loor de su infernal patrono.

Como dejo dicho, nada se oía en derredor del castillo, excepto el eco de las blasfemias, que palpitaban perdidas en el sombrío seno de la noche, como palpitan las almas de los condenados envueltas en los pliegues del huracán de los infiernos.

Ya los descuidados centinelas habían fijado algunas veces sus ojos en la villa, que reposaba silenciosa, y se habían dormido sin temor a una sorpresa, apoyados en el grueso tronco de sus lanzas, cuando he aquí que algunos aldeanos, resueltos a morir y protegidos por la sombra, comenzaron a escalar el enhiesto peñón del Segre, a cuya cima tocaron a punto de medianoche.

Una vez en la cima, lo que faltaba por hacer fue obra de poco tiempo: los centinelas salvaron de un solo salto el valladar que separa al sueño de la muerte; el fuego, aplicado con teas de resina al puente y al rastrillo, se comunico con la rapidez del relámpago a los muros, y los escaladores, favorecidos por la confusión y abriéndose paso entre las llamas, dieron fin con los habitantes de aquella guarida en un abrir y cerrar los ojos. Todos perecieron.

Cuando el cercano día comenzó a blanquear las altas copas de los enebros, humeaban aun los calcinados escombros de las desplomadas torres; y a través de sus anchas brechas, chispeando al herirla la luz, y colgada de uno de los negros pilares de la sala del festín, era fácil divisar la armadura del temido jefe, cuyo cadáver, cubierto de sangre y de polvo, yacía entre los desgarrados tapices y las calientes cenizas, confundido con los de sus oscuros compañeros.

El tiempo pasó; comenzaron los zarzales a rastrear por los desiertos patios, la hiedra a enredarse en los oscuros machones y las campanillas azules a mecerse colgadas de las ruinosas almenas. Los desiguales soplos de la brisa, el graznido de las aves nocturnas y el rumor de los reptiles que se deslizaban entre las altas hierbas, turbaban sólo de vez en cuando el silencio de la muerte de aquel lugar maldecido; los insepulos huesos de sus antiguos moradores blanqueaban al rayo de la luna, y aún podía verse el haz de armas del señor del Segre colgado del negro pilar de la sala de festín.

Nadie osaba tocarle; pero corrían mil fábulas acerca de aquel abandonado objeto, causa incesante de hablillas y terrores para los que le miraban llamear durante el día, herido por la luz del sol, o creían percibir en las latas horas de la noche el metálico son de sus piezas, que chocaban entre si cuando las movía el viento, con un gemido prolongado y triste.

A pesar de todos los cuentos que a propósito de la armadura se fraguaron, y que en voz baja se repetían unos a otros los habitantes de los alrededores, no pasaban de cuentos, y el único mal positivo que de ello resultó se redujo entonces a una dosis de miedo más que regular, que cada uno de por sí se esforzaba en disimular lo posible, haciendo, como decirse suele, de tripas corazón.

Si de aquí no hubiera pasado la cosa, nada se habría perdido. Pero el diablo, que a lo que parece no se encontraba satisfecho de su obra, sin duda con el permiso de Dios, y a fin de hacer purgar a la comarca algunas culpas, volvió a tomar cartas en el asunto.

Desde este momento las fábulas, que hasta aquella época no pasaron de un rumor vago y sin viso alguno de verosimilitud, comenzaron a tomar consistencia y a hacerse de día en día más probables.

En efecto, hacía algunas noches que todo el pueblo había podido observar un extraño fenómeno.

Entre las sombras, a lo lejos, ya subiendo las retorcidas cuestas del peñón del Segre, ya vagando entre las ruinas del castillo, ya cerniéndose, al aparecer, en los aires, se veían correr, cruzarse, esconderse y tornar a aparecer para alejarse en distintas direcciones, unas luces misteriosas y fantásticas, cuya procedencia nadie sabía explicar.

Esto se repitió por tres o cuatro noches durante el intervalo de un mes, y los confusos aldeanos esperaban, ansiosos, el resultado de aquellos conciliábulos diabólicos que ciertamente no se hizo aguardar mucho, cuando tres o cuatro alquerías incendiadas, varias reses desaparecidas y los cadáveres de algunos caminantes despeñados en los precipicios pusieron en alarma todo el territorio en diez leguas a la redonda.

Ya no quedo duda laguna. Una banda de malhechores se albergaba en los subterráneos del castillo.

Estos, que solo se prestaban al principio muy de tarde en tarde y en determinados puntos del bosque que aun en el día se dilata a lo largo de la ribera, concluyeron por ocupar casi todos los desfiladeros de las montañas, emboscarse en los caminos, saquear los valles y descender como un torrente a la llanura, donde, a este quiero, a este no quiero, no dejaban títere con cabeza.

Los asesinatos se multiplicaban, las muchachas desaparecían, los niños eran arrancados de las cunas, a pesar de los lamentos de sus madres, para servirlos en diabólicos festines, en que, según la creencia general, los vasos sagrados sustraídos de las profanadas iglesias servían de copa.

El terror llegó a apoderarse de los ánimos en un grado tal, que al toque de oraciones nadie se aventuraba a salir de su casa, en la que no siempre se creían seguros de los bandidos del peñón.

Mas ¿quiénes eran estos? ¿De donde habían venido? ¿Cuál era el nombre de su misterioso jefe? He aquí el enigma que todos querían explicar y que nadie podía resolver hasta entonces, aunque se observase, desde luego, que la armadura del señor feudal había desaparecido del sitio que antes ocupara y posteriormente varios labradores hubiesen afirmado que el capitán de aquella desalmada gavilla marchaba a su frente, cubierto con una que, de no ser la misma, se le asemejaba en un todo.

Cuanto queda repetido, si se le despoja de esa parte de fantasía con que el miedo abulta y completa sus creaciones favoritas, nada tiene en sí de sobrenatural y extraño.

¿Que cosa más corriente en unos bandidos que las ferocidades con que estos se distinguían, ni más natural que el apoderarse su jefe de las abandonadas armas del señor del Segre?

Sin embargo, algunas revelaciones hechas antes de morir por uno de sus secuaces, prisionero en las últimas refriegas, acabaron de colmar la medida, preocupando el ánimo de los más incrédulos. Poco más o menos, el contenido de su confesión fue éste:

«—Yo —dijo— pertenezco a una noble familia. Los extravíos de mi juventud, mis locas prodigalidades y mis crímenes, por último, atrajeron sobre mi cabeza la cólera de mis deudos y la maldición de mi padre, que me desheredó al expiar. Hallándome solo y sin recursos de ninguna especie, el diablo, sin duda, debió sugerirme la idea de reunir algunos jóvenes que se encontraban en una situación idéntica a la mía, los cuales, seducidos con la promesa de un porvenir de disipación, libertad y abundancia, no vacilaron un instante en suscribir a mis designios. Estos se reducían a formar una banda de jóvenes de buen humos, despreocupados y poco temerosos del peligro, que desde allí en adelante vivirían alegremente del producto de su valor y a costa del país, hasta tanto que Dios se sirviera disponer de cada uno de ellos conforme a su voluntad, según hoy a mi me sucede. Con esto objeto, señalamos esta comarca para teatro de nuestras expediciones futuras y escogimos como punto el más a propósito para nuestras reuniones el abandonado castillo del Segre, lugar seguro no tanto por su posición fuerte y ventajosa como por hallarse defendido contra el vulgo por las supersticiones y el miedo. Congregados una noche bajo sus ruinosas arcadas, alrededor de una hoguera que iluminaba con su rojizo resplandor las desiertas galerías, trabóse una acalorada disputa sobre cuál de nosotros había de ser elegido jefe. Cada uno alegó sus méritos: yo expuse mis derechos; ya los unos murmuraban entre sí con ojeadas amenazadoras, ya los otros, con voces descompuestas por la embriaguez, habían puesto la mano sobre el pomo de sus puñales para dirimir la cuestión, cuando de repente oímos un extraño crujir de armas acompañado de pisadas huecas y sonantes, que de cada vez se hacían más distintas. Todos arrojamos a nuestro alrededor una inquieta mirada de desconfianza; nos pusimos de pie y desnudamos nuestros aceros, determinados a vender caras las vidas; pero no pudimos por menos de permanecer inmóviles al ver adelantarse con paso firme e igual un hombre de elevada estatura, completamente armado de la cabeza al pie y cubierto el rostro con la visera del casco, el cual, desnudando su montante, que dos hombres podrían apenas manejar, y poniéndose sobre uno de los carcomidos fragmentos de las rotas arcadas, exclamó con una voz hueca y profunda, semejante al rumor de una caída de aguas subterráneas: “Si alguno de vosotros se atreve a ser el primero mientras yo habite en el castillo del Segre, que tome esa espada, signo del poder”. Todos guardamos silencio, hasta que, transcurrido el primer momento de estupor, le proclamamos a grandes voces nuestro capitán, ofreciéndole una copa de nuestro vino, la cual rehusó por señas acaso por no descubrirse la faz, que en vano procuramos distinguir a través de las rejillas de hierro que la ocultaba a nuestros ojos. No obstante, aquella noche pronunciamos el más formidable de los juramentos, y a la siguiente dieron principio nuestras nocturnas correrías. En ellas, nuestro misterioso jefe marcha siempre delante de todos. Ni el fuego le ataja, ni los peligros le intimidan, ni las lágrimas le conmueven. Nunca despliega sus labios; pero cuando la sangre humea en nuestras manos, como cuando los templos se derrumban calcinados por las llamas; cuando las mujeres huyen espantadas entre las ruinas, y los niños arrojan gritos de dolor, y los ancianos perecen a nuestros golpes, contesta con una carcajada de feroz alegría a los gemidos, las imprecaciones y los lamentos. Jamás se desnuda de sus armas ni abate la visera de su casco después de la victoria, ni participa del festín, ni se entrega al sueño. Las espadas que le hieren se hunden entre las piezas de su armadura, y ni le causan la muerte ni se retiran teñidas en sangre; el fuego enrojece su espaldar y su cota, y aun prosigue impávido entre las llamas, buscando nuevas víctimas; desprecia el oro, aborrece la hermosura y no le inquieta la ambición. Entre nosotros, unos le creen un extravagante; otros, un noble arruinado, que por un resto de pudor se tapa la cara, y no falta quien se encuentra convencido de que es el mismo diablo en persona».

El autor de estas revelaciones murió con la sonrisa de la mofa en los labios y sin arrepentirse de sus culpas. Varios de sus iguales le siguieron en diversas épocas al suplicio; pero el temible jefe, a quien continuamente se unían nuevos prosélitos, no cesaba en sus desastrosas empresas.

Los infelices habitantes de la comarca, y de cada vez más aburridos y desesperados, no acertaban ya con la determinación que debería tomarse para concluir de un todo con aquel orden de cosas, cada día más insoportable y triste.

Inmediato a la villa, y oculto en el fondo de un espeso bosque, vivía a esta sazón, en una pequeña ermita dedicada a San Bartolomé, un santo hombre, de costumbres piadosas y ejemplares, a quien el pueblo tuvo siempre en olor de santidad merced a sus saludables consejos y acertadas predicciones.

Este venerable ermitaño, a cuya prudencia y proverbial sabiduría encomendaron los vecinos de Bellver la resolución de este difícil problema, después de implorar la misericordia divina por medio de su santo patrono, que, como ustedes no ignoraran, conoce al diablo muy de cerca y en más de una ocasión le ha atado bien corto, les aconsejó que se emboscasen durante la noche al pie del pedregoso camino que sube serpenteando por la roca en cuya cima se encontraba el castillo, encargándoles al mismo tiempo que, ya allí, no hiciesen uso de otras armas para aprehenderlo que de una maravillosa oración que les hizo aprender de memoria y con lo cual, aseguraban las crónicas, que San Bartolomé había hecho al diablo su prisionero.

Púsose en planta el proyecto, y su resultado excedió a cuantas esperanzas se habían concebido, pues aun no iluminaba el sol del otro día la alta torre de Bellver, cuando sus habitantes, reunidos en grupos en la plaza mayor, se contaban unos a otros, con aire de misterio, cómo aquella noche, fuertemente atado de pies y manos, y a los lomos de una poderosa mula, había entrado en la población el famoso capitán de los bandidos del Segre.

De qué artes se valieron los acometedores de esta empresa para llevarla a término, ni nadie se lo acertaba a explicar ni ellos mismos podían decirlo; pero el hecho era que, gracias a la oración del santo o al valor de sus devotos, la cosa había sucedido tal como se refería.

Apenas la novedad comenzó a extenderse de boca en boca y de casa en casa, la multitud se lanzó a las calles con ruidosa algazara y corrió a reunirse a las puertas de la prisión. La campana de la parroquia llamo a consejo, y los vecinos más respetables se juntaron en capitulo, y todos aguardaban ansiosos la hora en que el reo había de comparecer antr sus improvisados jueces.

Estos, que se encontraban autorizados por los condes de Urgel para administrarse por sí mismos pronta y severa justicia sobre aquellos malhechores, deliberaron un momento, pasado el cual mandaron compadecer al delincuente a fin de notificarle su sentencia.

Como dejo dicho, así en la plaza mayor como en las calles por donde el prisionero debía atravesar para dirigirse al punto en que sus jueces se encontraban, la impaciente multitud hervía como un apiñado enjambre de abejas. Especialmente en la puerta de la cárcel, la conmoción popular tomaba de cada vez mayores proporciones. Y ya los animados diálogos, los sordos murmullos y los amenazadores gritos comenzaban a poner en cuidado a sus guardas, cuando, afortunadamente, llego la orden de sacar al reo.

Al parecer este bajó el macizo arco de la portada de su prisión, completamente vestido de todas armas y cubierto el rostro con la visera, un sordo y prolongado murmullo de admiración y de sorpresa se elevo de entre las compactas masas del pueblo, que se abrían con dificultad para dejarle paso.

Todos habían reconocido en aquella armadura la del señor del Segre; aquella armadura objeto de las más sombrías tradiciones mientras se la vio suspendida de los arruinados muros de la fortaleza maldita.

Las armas eran aquellas, no cabía duda alguna. Todos habían visto flotar el negro penacho de su cimera en los combates que un tiempo trabaran contra su señor; todos lo habían visto agitarse al soplo de la brisa del crepúsculo, a par de la hiedra del calcinado pilar en que quedaron colgadas a la muerte de su dueño. Mas, ¿quien podría ser el desconocido personaje que entonces las llevaba? Pronto iba a saberse. Al menos, así se creía. Los sucesos dirán cómo esta esperanza queda frustrada a la manera de otras muchas y por qué de este solemne acto de justicia, del que debía aguardarse el completo esclarecimiento de la verdad, resultaron nuevas y más inexplicables confusiones.

El misterioso bandido penetró al fin en la sala del Concejo, y un silencio profundo sucedió a los rumores que se elevaran de entre los circunstantes al oír resonar bajo las latas bóvedas de aquel recinto el metálico son de sus acicates de oro. Uno de los que componían el tribunal, con voz lenta e insegura, le preguntó su nombre, y todos prestaron el oído con ansiedad para no perder una sola palabra de su respuesta; pero el guerrero se limitó a encoger sus hombros ligeramente, con un aire de desprecio e insulto que no pudo menos de irritar a sus jueces, los que se miraron entre sí sorprendidos.

Tres veces volvió a repertirle la pregunta, que otras tantas obtuvo semejante o parecida contestación.

—¡Que se levante la visera! ¡Que se descubra! ¡Que se descubra! —comenzaron a gritar los vecinos de la villa presentes al acto—. ¡Que se descubra! ¡Veremos si se atreve entonces a insultarnos con su desdén como ahora la hace protegido por el incógnito!

—Descubríos —repitió el mismo que anteriormente le dirigiera la palabra.

El guerrero permaneció impasible.

—Os lo mando en el nombre de nuestra autoridad.

La misma contestación.

—En el de los condes soberanos.

Ni por esas.

La indignación llegó a su colmo, hasta el punto que uno de sus guardas, lanzándose sobre el reo, cuya pertinacia en callar bastaría a apurar la apariencia de un santo, le abrió violentamente la visera. Un grito de general sorpresa se escapo del auditorio, que permaneció por un instante herido de un inconcebible estupor.

La cosa no era para menos. El casco, cuya férrea visera se veía en parte levantada hasta la frente, en parte caída sobre la brillante gola de acero, estaba vacío..., completamente vacío.

Cuando pasaba ya el primer momento de terror, quisieron tocarle, la armadura se estremeció ligeramente y, descomponiéndose en piezas, cayó al suelo con un ruido sordo y extraño.

La mayor parte de los espectadores, a la vista del nuevo prodigio, abandonaron tumultuosamente la habitación y salieron despavoridos a la plaza.

La nueva se divulgó con la rapidez del pensamiento entre la multitud que aguardaba impaciente el resultado del juicio, y fue tal la alarma, la revuelta y la vocería, que ya a nadie cupo duda sobre lo que de publica voz se aseguraba; esto es, que el diablo, a la muerte del señor del Segre, había heredado los feudos de Bellver.

Al fin se apaciguó el tumulto y decidióse volver a un calabozo la maravillosa armadura.

Ya en él, despacháronse cuatro emisarios que, en representación de la atribulada villa, hiciesen presente el caso al conde de Urgel y al arzobispo, los que no tardaron muchos días en tornar con la resolución de estos personajes, resolución que como suele decirse, era breve y compendiosa.

—Cuélguese —les dijeron— la armadura en la plaza mayor de la villa, que si el diablo la ocupa, fuerza le será el abandonarla o ahorcarse con ella.

Encantados los habitantes de Bellver con tan ingeniosa solución, volvieron a reunirse en consejo, mandaron levantar una horca en la plaza y cuando ya la multitud ocupaba sus avenidas, se dirigieron a la cárcel por las armas, en corporación y con toda la solemnidad que la importancia del caso requería.

Cuando la respetable comitiva llegó al macizo arco que daba entrada al edificio, un hombre pálido o descompuesto se arrojó al suelo en presencia de los aturdidos circunstantes, exclamando con las lagrimas en los ojos:

—¡Perdón, señores, perdón!

—¡Perdón! ¿Para quién? —dijeron algunos—. ¿Para el diablo que habita dentro de la armadura del señor del Segre?

—Para mí —prosiguió con voz trémula el infeliz, en quien todos reconocieron al alcaide de las prisiones—, para mí... Porque las armas... han desaparecido.

Al oír estas palabras el asombro se pintó en el rostro de cuantos se encontraban en el pórtico, que, mudos e inmóviles, hubieran permanecido en la posición en que se encontraban dios sabe cuando si la siguiente relación del guardián no las hubiera hecho agruparse en su alrededor para escuchar con avidez.

—Perdonadme, señores —decía el pobre alcaide—, perdonadme y yo no os ocultaré nada; si quiera sea en contra mía.

Todos guardaban silencio, y el prosiguió así:

—Yo no acertaré nunca a dar la razón; pero es el caso que la historia de las armas vacías me pareció siempre una fábula tejida en favor de algún noble personaje a quien tal vez altas razones de conveniencia pública no permitían descubrir ni castigar. En esta creencia estuve siempre, creencia en que no podía menos de confirmarme la inmovilidad en que se encontraban desde que por segunda vez tornaron a la cárcel traídas del Concejo. En vano una noche y otra, deseando sorprender su misterio, si misterios en ellas había, me levantaba poco a poco y aplicaba el oído a los intersticios de la ferrada puerta de su calabozo: ni un rumor se percibía. En vano procuré observarlas a través de un pequeño agujero producido en el muro. Arrojadas sobre un poco de paja, y en uno de los mas oscuros rincones, permanecían un día y otro descompuestas e inmóviles. Una noche, por último, aguijoneado por la curiosidad y deseando convencerme por mi mismo de que aquel objeto de terror nada tenía de misterioso, encendí una linterna, bajé a las prisiones, levanté sus dobles aldabas y, no cuidando siquiera (tanta era mi fe en que todo no pasaba de un cuento) de cerrar las puertas tras mí, penetré en el calabozo. Nunca lo hubiera hecho. Apenas anduve unos pasos, las luz de mi linterna se apagó por sí sola y mis dientes comenzaron a chocar y mis cabellos a erizarse. Turbando el profundo silencio que me rodeaba, había oído como un ruido de hierros que se removían y chocaban al unirse entre las sombras. Mi primer movimiento fue arrojarme a las puertas para cerrar el paso; pero al asir sus hojas sentí sobre mis hombros una mano formidable cubierta con un guantelete, que, después de sacudirme con violencia, me derribó sobre el dintel. Allí permanecí hasta la mañana siguiente, que me encontraron mis servidores falto de sentido y recordando solo que después de mi caída había creído percibir confusamente como una pisadas sonoras, al compás de las cuales resonaba un rumor de espuelas, que poco a poco se fue alejando hasta perderse.

Cuando concluyó el alcaide, reinó un silencio profundo al que se siguió luego un infernal concierto de lamentaciones, gritos y amenazas.

Trabajo costó a los más pacíficos el contener al pueblo que, con la novedad, pedía a grandes voces la muerte del curioso autor de su nueva desgracia.

Al cabo logróse apaciguar el tumulto y comenzaron a disponerse a una nueva persecución. Esta obtuvo también un resultado satisfactorio.

Al cabo de algunos días, la armadura volvió a encontrarse en poder de sus perseguidores. Conocida la fórmula, y mediante la ayuda de San Bartolomé, la cosa no era ya muy difícil.

Pero aun quedaba algo por hacer, pues en vano, a fin de sujetarla, la colgaron de una horca; en vano emplearon la más exquisita vigilancia con el objeto de quitarle toda ocasión de escarparse por esos mundos. En cuanto a las desunidas armas veían dos dedos de luz se encajaban y, pian pianito, volvían a tomar el trote y a emprender de nuevo sus excursiones por montes y llanos, que era una bendición del cielo. Aquello era el cuento de nunca acabar.

En tan angustiosa situación, los vecinos se repartieron entre si las piezas de la armadura, que acaso por centésima vez se encontraba en sus manos, y rogaron al piadoso eremita que un día los iluminó con sus consejos decidiera lo que debía hacerse con ella.

El santo barón ordenó al pueblo una penitencia general. Se encerró por tres días en el fondo de la caverna que le servía de asilo, y al cabo de ellos dispuso que se fundieses las diabólicas armas, y con ellas y algunas sillares del castillo del Segre se levantase una cruz.

La operación se llevó a término, aunque no sin que nuevos y aterradores prodigios llenasen de pavor al ánimo de los consternados habitantes de Bellver.

En tanto que las piezas arrojadas a las llamas comenzaban a enrojecerse, largos y profundos gemidos parecían escarparse de la ancha hoguera, de entre cuyos troncos saltaban como si estuvieran vivas y sintiesen la acción del fuego. Una tromba de chispas rojas, verdes y azules danzaban en la cúspide de sus encendidas lenguas y se retorcía crujiendo como si una legión de diablos cabalgando sobre ellas, pugnasen por libertad a su señor de aquel tormento.

Extraña, horrible fue la operación en tanto que la candente armadura perdía su forma para tomar la de una cruz. Los martillos caían resonando con un espantoso estruendo sobre el yunque, al que veinte trabajadores vigorosos sujetaban las barras del hirviente metal, que palpitaba y gemía al sentir los golpes.

Ya se extendían los brazos del signo de nuestra redención, ya comenzaba a formarse la cabecera, cuando la diabólica y encendida masa se retorcía de nuevo como una convulsión espantosa y, rodeándose al cuerpo de los desgraciados que pugnaban por desasirse de sus abrazos de muerte, se enroscaba en anillos como una culebra o se contraía en zigzag como un relámpago.

El constante trabajo, la fe, las oraciones y el agua bendita consiguieron, por último, vencer al espíritu infernal y la armadura se convirtió en una cruz.

Esa cruz es la que hoy habéis visto, y a la cual se encuentra sujeto el diablo, que le presta su nombre. Ante ella, ni las jóvenes colocan en el mes de mayo ramilletes de lirios, ni los pastores se descubren al pasar, ni los ancianos se arrodillan, bastando apenas las severas amonestaciones del clero para que los muchachos no la apedreen.

Dios ha cerrado sus oídos a cuantas plegarias se le dirigen en su presencia. En el invierno, los lobos se reúnen en manadas junto al enebro que la protege para lanzarse sobre las reses; los bandidos esperan a su sombra a los caminantes, que entierran a su pie después que los asesinan, y cuando la tempestad se desata, los rayos tuercen su camino para liarse, silbando, al asta de esa cruz y romper los sillares de su pedestal.


"Si fuéramos invisibles, haríamos cosas malas"

Por más que lo intento, no recuerdo qué antiguo filósofo griego dijo esto. He estado miran mis apuntes, pero nada. Tengo una capacidad increíble para olvidar ^_^

No es que haya votado mucha gente (28 personas en todo el verano). Pero, qué más cabía esperar, ¿no?
Casi inmediatamente después de no poder cambiarlo, me di cuenta de que había escrito mal la pregunta. Puse "sería" cuando en realidad quise decir "querrías". Puero, en fin, no creo que nadie se haya detenido a pensar en la diferencia y, por ello, el resultado no está contaminado. Se nota que estoy estudiando estadística xD.

Personalmente, a mí me gustaría más el poder de la Persuasión. Aunque hay que reconocer que eso de ser invisible no está nada mal.


¿Tú, qué harías si fueras invisible? ¿Harías cosas malas? No me refiero a malas malísimas como atracar un banco. Pero, por ejemplo, llevarte la camisa de alguna tienda, incordiar a esa persona que te cae taaan mal, colarte en una conversación,...
Sinceramente, yo lo haría. Es inútil hacer creer que soy un ángel.

sábado, 30 de octubre de 2010

PreBecqueriana

Feliz víspera de Halloween. Bonita leyenda sajona.


He cambiado el diseño del blog. En realidad quería esperarme a su próximo aniversario, pero aun quedan algunos meses, y no podía aguantarme más. Me sigue pareciendo igual de cutre que el anterior, pero este tiene como más... sustancia. Me gusta.

Ahora solo queda rellenarlo con cosas interesante, profundas y bien escritas. Pero soy la única autora y eso no va a cambiar. Por lo que seguirá siendo lo mismo de siempre. Los buenos bloggeros tienen algo interesante que contar, pero yo no. Sigo sin entender por qué hago esto. Supongo que sigo esperando los días en que alguien me dice que he hecho algo de provecho. Pero hay tantas lagunas entre una vez y otra.

Bah. Aunque me encanta la autocompasión, este no es el momento.

Entre tanto, mientras consigo ser aguantable, os dejo un vídeoclip educativo donde un señor nos relata algunas de las leyendas urbanas que se nos presentan día a día y nos explica que no son ciertas.


A veces viene bien que nos recuerden cuál es la realidad y cuál la apariencia. Aparte, por supuesto, de que Toteking es la pura hostia

Romancero gaditano

Me ha llegado al alma


¿Bueno o simplemente genial?



Y ya que estamos hablando de carnavales, hacía mil años que quería poner esto:

viernes, 15 de octubre de 2010

Litaratura y comida

Solía reírme cuando mi profesor de lengua comparaba la literatura con la comida. Me decía que debía de dejar los best-sellers, porque eran como las hamburguesas del McDonald: estaban muy ricas y apetecen más, pero no son muy sanas. En cambio, debía leer más literatura "de la buena", grandes clásicos de la historia de la literatura, que era como una plato de garbanzos: mucho más denso y lleno de propiedades. Me repitió un par de veces que "tenía que educar mi paladar literario".

No sé si he dejado muy clara la idea. Lo que me venía a decir era que dejara a los escritores de media pinta actuales y me fuera a los que habían perdurado en la historia, que por algo había sido.

Pero yo no venía a hablar de mis gustos literarios, sino a hablar del hecho de que me riera de esa metáfora. Me hacía mucha gracia.

Imaginen mi sorpresa cuando yo misma me puse a comparar al estilo de un escritor con la comida. Para ser más exactos, lo comparé con una tarta de chocolate. Dulce y amargo a la vez pero, sin duda, satisfactorio. Simplemente agradable.

Esto a mí me resulta un tanto raro, pues, cuando leo, me fijo en qué es lo que está escrito y no en cómo está escrito. Pero con este autor no me pasa exactamente eso. Puedo leerme un capítulo y quedarme completamente satisfecha. Sus palabras son dulces, caramelo derretido por el que te deslizas suavemente, sin empalagar, haciéndote soñar con sensaciones que nunca has experimentado, como el brillo de la lluvia, el murmullo de un invernadero, la magia de palacios de jardines con fuentes de querubines, las diferente profundidades de un ojo humano, la trasparencia de la piel, el señorío de un gato,... Mejor me callo, porque estos son los peores ejemplos que he podría haber sacado.

Unas metáforas... para caerse de espaldas. Absolutamente impresionantes. ¡En serio! Es que muchas veces, no sé, como que leo una cosa que es imposible, pero sabes perfectamente qué te quiere describir y, no solo eso, sino que lo experimentas aunque nunca hayas vivido algo parecido.

Nunca se me olvidara... bueno, se me ha olvidado y he tenido que ir a buscarlo, pero lo que es la idea principal no se me olvidará:

"La lujuria de las ideas desaconsejables"

¿Sabéis lo que es? En el lugar donde lo tengo apuntado también anoté:

Es que después de esto sólo se te ocurre una cosa: ¡Qué bien habla, coño! O en este caso escribe. No me extraña que Carlos Ruiz Zafón sea escritor, lo contrario sería un delito.

Paranoias varias que se me van ocurriendo a medida que voy leyendo algo. Debería hacerlo más a menudo, porque de verdad que se me ocurren cosas impensables.

Bueno, al caso, que esto venía porque estoy leyendo (a pesar de que mañana tengo un examen de filosofía) "Marina" de Carlos Ruiz Zafón, novela que ya avalaré sobremanera dentro de unos días.

Aufwiedersehen

domingo, 10 de octubre de 2010

Puedes morirte sin: leer "Tempus Fugit" de Javier Ruescas

Mmm. No sé por qué, me da un poco de no se qué hacer esta reseña. Bueno, en general me da apuro pronunciarme sobre cualquier tema, porque mi "solo sé que no sé nada" va en serio, no como el chulivainas de Sócrates.

A medida que iba leyendo el libro iba imaginando los comentarios que haría sobre esto o lo otro; en mi mente se iban uniendo frases que pretendía escribir palabra por palabra. Esto ya es un indicio: el libro no me ha "capturado", es decir, que es un poco superficial.

Pero empecemos por lo primero: el argumento que viene en la parte posterior del ejemplar, que es muy socorrío'.

Año 102 después de la Inundación. Una temible Plaga ha dejado en coma a numerosos jóvenes y la corporación Tempus Fugit monopoliza un poder sin precedentes en la Tierra. Frente a estas oscura realidad, tres jóvenes -un muchacho del pasado que sólo desea regresar a su época, una extraña chica obsesionada con ajustar cuentas con la todopoderosa corporación y un ladrón de Futuros a sueldo de ésta- están señalados por un mismo sino. Tres seres en cuyas manos descansa, quizá, la última oportunidad para cambiar un mundo que amenaza con quedarse sin alma.


No es necesario hacer otro texto porque este lo define bastante bien. El problema, claro está, es que puede llegar a dar una idea muy diferente de lo que nos vamos a encontrar.

Yo quise leer esta pequeña novela, a pesar de que todavía tengo tres obligatorios para lengua por leer, básicamente porque el autor me ha caído muy bien. Primero descubrí su blog El cazador de libros, donde habla mayormente de literatura juvenil; vi algunos de sus vídeos donde mostraba una gran simpatía y, finalmente, oí una entrevista que le hicieron en RNE (si no me acuerdo mal) donde me dio la impresión de ser muy inteligente y de que sus novelas (las dos primeras partes de su triología "Los cuentos de Bereth" y "Tempus Fugit. Ladrones de Almas") podrían ser muy interesantes. Total, que haciendo caso omiso de la situación económica de mi familia, pedí a mi agente de Círculo de Lectores que me lo trajera.


La verde,la de la izquierda, cortesía ignorante de "Impresiones de libros", es como el mío. Nada más verlo pensé en "Momo" de Michael Ende.



El de la izquierda (que se puede encontrar en azul o en rojo en catalán) es la original "timburtonera" (adjetivo propuesto por el mimo autor) de Alfaguara. La primera vez que lo vi, no, pero la segunda, pensé en Momo de adolescente.



¡Uf! Es que se me ocurren comentarios de repente, sin orden ni concierto.

Lo primero: no me ha disgustado del todo. Quiero dejar eso claro porque esos comentario que quiero expresar llevan una connotación muy negativa.


La historia. Cuando leí de qué iba me pareció una novela futurista de acción, que no pretendía renovar un tópico, sino darle una imagen juvenil. En cambio, me he encontrado una novela futurista con una acción que deja que desear, que le ha dado una imagen infantil a un tópico que, en mi opinión, aun puede dar de sí, pero necesita quien le dé una forma nueva.


Los personajes... en serio, querría haber hecho un vídeo para que oyéseis mi tono de mofa... algunas veces hacían unas cosas... en ocasiones me paraba a reírme un ratito de ellos. A ver, explicadme cómo es posible esto: hay tres personajes principales, dos de ellos son humanos y el tercero es semiandroide; y el que me pareció más real fue el tercero. Entended que me cuesta un poco darle forma de palabras a mis ideas. A ver si despacio, paso a paso:
-La heroína es Hanna (Javier, ya podrías haberle puesto un nombre español, qué te costaba). Es una chavala que vive sola, marginada social, con dinero, independiente y una rebelde con una causa incompatible con su corta inteligencia.
-Pablo es el chico del pasado. En serio, el personaje más falso que he leído en mi vida, y eso que conseguí tragarme dos novelas de Alyson Nöel. Imaginaos por un momento que vais a un laboratorio de la NASA. ¿Cómo reaccionarías? Te daría miedo tocar cualquier cosa o por el contrario sentirías curiosidad por todo y no pararías de toquetear y preguntar. Y eso teniendo en cuenta que es algo contemporáneo a tí, actual, de ahora, real y conocido; a pesar de saber dónde estas, el desconcierto casi puede nublarte la mente. Pues resulta que nuestro amiguito Pablo, un CAMPESINO de a retrasada CASTILLA de, atención, el SIGLO XVIII, ve una lámpara de lava (por decir algo normalito) y tras observarla quince minutos, se aburre. (Sigo creyendo que no me expreso bien). Lo que más o menos intento decir es que si un campesino castellano del siglo XVIII (para meter en situación histórica: ANALFABETOS y profundamente aterrados por las doctrinas del catolicismo) ve un iPac, lo que le preocupa no es "¡Vaya, no soy capaz de leer!", sino "¡¡¡Brujería!!!". Y, en esa época, una mujer que supiera leer... blanco y en botella: bruja. Pero Pablito no, Pablo parece ser un adelantado a su época...
-Kleid, el solo medio humano, es una especie de herramienta que usan los malos. Es el personaje que más me ha gustado pero se ha quedado corto en su desarrollo.

Lo de Pablo es lo que me parece más destacable, porque de verdad que es que es completamente... absurdo no es la palabra que estoy buscando... ¡Arg! ¡No me sale! Lo que quiero decir es que no encaja.

De modo general, todos los personajes son muy superficiales, nada de profundidad excepto en los momento que al autor le pareció oportuno meter alguna escena tierna o triste o... con un sentimiento, eso, profundo.

El entorno. Cada uno puede imaginarse el futuro como quiere. Que Javier Ruescas quiere imaginárselo así, vale. Pero, por favor, no te contradigas. Obviamente, no puedo decir cuáles son esas contradicciones (una en concreto, que es pa' matarlo). Éstas se suceden en diferentes ámbitos, lo que me lleva a pensar que las personas a las que J. Ruescas agradece el haberle ayudado a repasar y corregir el libro... en realidad se tocaron un poco las narices... pero, bueno, quién soy yo para criticar el esfuerzo de los demás.

No todo es malo (¬¬). Hay un importante trasfondo de "tío, nos estamos cargando el mundo" que me parece muy bien transmitido.

¡Es que podría decir mil cosas más! ¡Pero o se me ocurren todas atropelladamente o ni si quiera soy capaz de darle forma en palabras!

Otra cosa positiva: buena recolección de citas sobre el tiempo y el futuro.

En resúmen, no me ha disgustado, pero estoy seriamente decepcionada. La novela ha sido muy poco original: la portada me recordó a "Momo"; el principio me recordó a "Momo" y a otra más que no soy capaz de recordar pero que sé que he leido; el medio me recordó a "Momo" y, no me preguntes por qué porque no soy capaz de acordarme, a "El Dador"; y, por último, el final me recordó a "Momo" y a las películas malas que echan en Antena 3 los fines de semana a la hora de la siesta.
Decepcionada porque esperaba algo más divertido y dinámico, con héroes más fuertes (Kleid está bien, pero creo que podría haberle sacado más jugo). Un estilo más divertido y una historia más seria...

No dejo de recomendarlo, pero sí que me arrepiendo de haberle pedido a mi madre el dinero que me costó.


Después me puse a pensar que, a lo mejor, la culpa es mía, que mi gusto literario a madurado un poquito más... ¡y eso me aterra!

Dejándome ya de tonterías, aquí os dejo una lista de diferentes puntos de vista:

-Soy cazadora de sombras y libros
-Mideclipse
-Historias de Hielo
-Más
No he leído ninguna, podéis encontrar miles, y os recomiendo que sean de blogs independientes, no sugetos a ningún tipo de subjetividad.

Por último:
-Página oficial
-Blog del autor



Esta entrada me ha quedado hecha una mierda. No he dicho nada de lo que quería decir, he sido más dura de lo que quería en algún aspecto y definitivamente muuuuuy floja en otros para los que había preparado unas frases venenosas. Nota para el futuro: no confiar en mi propia memoria, nunca.


Añadido del 30/12/2010

Estaba releyendo esto y he pensaso: ¿he escrito yo esto?

No sé si es que el tiempo a aseverado un poco el recuerdo que tengo de la novelita, pero me parece que no he sido para nada lo suficientemente dura.

He leído que escribí "no me ha disgustado del todo". Eso no es cierto. Que no lo tirara a la basura no quiere decir que no me haya disgustado. Hablemos en plata: el libro es una mierda. Es muy muy malo. Vengo leyendo este tiempo bastante reseñas que alaban la obra y a su autor. Que si es muy bueno, que si Cuentos de Bereth tal, que si estoy deseando que salga el próximo... que si Javier Ruescas es un pedazo de escritor :S Por ahí ya sí que no paso. Por favor, hay que haber leído muy muy poco para decir que Javier Ruescas tiene buen estilo. Hombre, las opiniones son libres y para gustos los colores. Pero sigo pensando que hay límites.

Por contar una anécdota (intentaré que sea corta), mi madre fue hace unas semanas a mi cuarto buscando algún librito que leer, cuando ya se había acabado La sombra del viento. La pobre tuvo la mala suerte de que el primero que se veía en la estantería era el que venimos comentando. Total que un día me veo el rectángulo verde en el salón. Le digo a mi madre "No me digas que has empezado a leer este libro" (tono mezacla de burla e incredulidad). A lo que me dijo: "Ufff y no me lo voy a terminar... que cosa más mala". Y lo dice mi madre, que lleva tres años sin leer algo bueno (excepto LSdV).

No es que podáis moriros tranquilamente sin leer Tempus Fugit, es que es una gran pérdida de tiempo que puede llegar a ser incluso desagradable.

Si te ha gustado, tienes un problema serio de gusto literario. No te digo que eches mano a "Cien años de soledad", pero coge algo más... ¿serio? no es la palabra... verdadero, algo de calidad. ¡Eso! Ve a la librería y pide algo de calidad.

^^

sábado, 9 de octubre de 2010

Definitivamente enamorada...


... de la boca de Mike Shinoda...

... y sus cuerdas vocales.

viernes, 8 de octubre de 2010

Tiempos. Otra de Saskiaparanoias

¿Por qué tanto lío con los tiempos? ¿Qué es más importantes, el pasado o el futuro?
El pasado es lo que nos define. Pero, ¿acaso no nos define también nuestro futuro? ¿Hay que dejar de vivir en el pasado y centrarse en el futuro? ¿O debemos dejar de soñar o adivinar un futuro que, en cualquier caso, futuro es?
¿Y el presente? Hay quien dice que hay que vivirlo. Esto es evidente, si no lo vives, es que has muerto. Pero se refiere a vivirlo al máximo, a "exprimirlo". Cada segundo como el último. ¿Por qué? ¿Por qué si el presente es pasado cuando aún no lo has pensado? el presente, al serlo pasa a pasado y, si hay que dejarlo de lado, ¿para qué lo vivimos?
Entonces deberíamos fijarnos en el futuro descartados los otros, ¿no? Aunque es una tontería, ya que el futuro no es real, hasta ser presente para llegar a pasado.
Y yo me pregunto, ¿por qué desprestigiar el pasado, desaprovechar el presente y desconfiar del futuro? Acaso, ¿no son todos nuestros? La única diferencia es que el primero lo hubimos decidido, el segundo lo estamos decidiendo y el futuro lo decidimos y lo decidiremos.
Porque el pasado, en el pasado fue futuro; y el futuro, en un futuro será pasado; y el ahora está siempre presente.

Siéntete orgulloso de tu pasado.
Disfruta tu presente.
Sueña con tu futuro.






Juro que esto lo escribí antes de empezar a leer "Tempus Fugit" (sobre el que me pronunciaré en breve). Es una línea de pensamientos que se me pasó por la cabeza cuando debería haber estado asimilando los conocimientos de filosofía. O, en otras palabras, que hago cualquier cosa menos estudiar.

Bah, no merece la pena.

sábado, 2 de octubre de 2010

Mi opinión sobre la huelga

Atención, antes de leer, sabed que: Esto lo escribí la mañana del miércoles 29 de septiembre sin haber visto un sólo telediario. Lo mismo hubiera dicho si lo hubiese hecho el día anterior. En cuanto a lo escrito, comprended que:

Tengo 17 años y esta es mi opinión. O, lo que es lo mismo, que esta es la opinión de una chiquilla de 17 años. Podréis creer que tengo una postura de acuerdo a lo que pensáis con respecto al tema, o podéis pensar que soy una imbécil capitalista, conservadora, de derechas, una ricachona, una pija, una niña de mamá que nunca ha pasado hambre ni penuria, que no tengo ni idea, que hablo sin saber, que soy muy jóven para hablar se estos temas, ingenua, inmadura, etc. A partir de "no tengo ni idea", todo es posiblemente verdad; pero puedo asegurar que lo de antes no, excepto capitalista. Mi opinión se a forjado a través de mis pocos años de experiencia. Mis padres nunca han intentado inculcarme unos ideales u otros (mi padre no cree en la sinceridad de político alguno y mi madre es de izquierdas). Yo no soy de derechas ni de izquierdas. Ni siquiera del centro. Tampoco estoy al margen. Simplemente creo que el sistema no vale, es injusto, vergonzoso y definitivamente despreciable, careciente por completo del espíritu de alcance del bienestar y de inteligencia, razón y lógica.

Aparte, está escrito tal y como lo iba pensando. Es decir, que si me daba por pensar en Pepito Pérez, lo he escrito; que si me he acordado de una anácdota, también la he escrito. Vamos, que esto no es una redacción y no brilla por su seriedad.

Todo lo que está en azul y gris es lo que tardé unas seis horas en escribir, espero que respeteís mi humilde opinión:

No me gusta hacer el ridículo. Por eso, cuando tengo la oportunidad de pensar las cosas dos veces antes de decirlas, lo pienso varias. Y pensando pensando, he llegado a la conclusión de que por mucho ridículo que haga, realmente tengo ganas de expresar mi opinión sobre esta huelga.

Circunstancias: hoy (la fecha en que escribo algo no es necesariamente la fecha en que lo publico) es 29 de Septiembre de 2010. Son las 10:49. Hace unas once horas que la huelga ha comenzado oficialmente, sin contar a los pescadores o la gente de los periódicos, que comenzaron ayer para que su efecto surtiera hoy. Teniendo en cuenta la que es, yo debería llevar en clase casi tres horas. Sin embargo, estoy cómodamente en mi casa.

¿Por qué? ¿Porque mis todos mis profesores participarán en la huelga? No. ¿Porque estoy participando en la huelga? Menos, una huelga es para manifestarse, y yo no he tenido ni cinco minutos mi culo despegado de un cómodo asiento. Bueno, dejémoslo en asiento, porque esta silla cada vez está más dura.

No, lo cierto es que cuando el lunes el delegado de mi clase (que por fin este año no soy yo ¡yupi!) me pasó el folio donde tenían que firmar aquellos que no fueran a asistir a clase con motivo de la huelga (trámite burocrático necesario para que no te pongan un parte), yo no quise firmarlo. Soy estudiante y, con suerte, lo seguiré siendo unos ocho años más, por lo que la reforma laboral no me incumbe. Yo trabajo, pero no cobro. No es que sea gilipollas, es que como le pida un sueldo a mi padre, me va a obligar a trabajar los fines de semana, y eso no mola. Tengo otro sistema...

Bueno, al caso, que me desvío. Que aunque fuera trabajadora (en ambos sentidos) y me afectara la reforma laboral, no estoy de acuerdo con los motivos de la huelga. De hecho estoy a favor de la reforma laboral. Pero veinte minutos después de que me presentara mi delegado el papel, cambié de idea. Vi este día como una oportunidad para acabar todo el trabajo (del instituto) que tengo acumulado. Sí, solo llevo semana y media y ya tengo trabajo acumulado. Ya me avisaron de que segundo de bachillerato es el peor año de toda tu vida de estudiante. Según mi prima mayor, ella nunca ha tenido tanto tiempo libre como en la facultad. Bueno, tambien es verdad que ella...tss... tiene su propia filosofía (y le va genial, por cierto). Y ya he vuelto a desviarme... Vamos, que tengo una cara durísima, como el resto de la plantilla de segundo de bachillerato de mi instituto (no sé si primero la ha hecho también, y los de la ESO no tienen derecho a huelga por eso de ser obligatoria y tal...). Y además en mi situación, es una tontería perder un sólo día del curso.

Vale, todavía no he escrito nada de lo que quería decir... Lo que yo te diga, la concentración de un pez.

Pero antes de empezar, quiero contar algo que me pasó el sábado 25 de septiembre. Fui a Sevilla con una amiga básicamente para ver librerías (el único tipo de tienda donde me pasaría horas mirando sin comprar). Cuando estábamos comiendo en un Pans&Company (creo) de al lado de la Plaza del Duque, empezamos a oir jaleo. Al mirar por la ventana, vimos a un montón de gente (no se me da bien calcular ese tipo de cosas, pero diría que unas trescientas personas) llamando a todos a participar en la huelga de hoy. Me pareció bien. La gente estaba manifestándose de forma pacífica: con pancartas, pitos, tambores, megáfonos... ¡Genial! Es el espíritu que lleva a un país a mejorar por mucho que sus dirigentes sean unos bobalicones.

Pero entonces... me entró una cosa por el cuerpo al verlo... me hervía la sangre. Una de las cosas que más odio. Los niños. ¡No! ¡No es que odie a los niños! (XD) Ví a niños entre los manifestantes. Unos ocho o diez años. Niños con un tambor, al lado de su padre. ¿Cómo se puede ser tan...? No se me ocurre la palabra. Dejémoslo en mal padre. ¿Cómo puedes inviscuir a tu hijo en algo así? ¡Ese niño cree que su padre es el mejor del mundo! ¡No tiene la capacidad para pensar en qué es lo que está haciendo! Le has dicho a tu hijo qué ibas ha hacer y, sólo a lo mejor, por qué. ¿Y cómo se lo has dicho? Se lo has explicado sólo desde tu punto de vista y con adjetivos completamente subjetivos. Quizás hayas dicho: "hijo, el gobierno nos quiere quitar el dinero y ya no podré comprarte chucherías, por eso vamos a luchar contra ellos". Y ahora su hijo piensa que su padre es un héroe. Porque es lo único que le cabe pensar. ¡Lo has condicionado a pensar en algo! = ¡Le has comido el coco!. Por muy libre que seas para educar a tu hijo como quieras, ¿no crees que se merece tener una mente limpia, sin ningún tipo prejuicio (osea, puertas cerradas a otras ideas)? (recomiendo leer "El retrato de Dorian Gray").

Lo que quiero decir es que es realmente injusto condicionar a un niño así, y más por motivos (esto en mi opinión) sin sentido. Además, piensa en que alguno de los que está por allí, un imbécil como tantos hay (en serio, ¿qué porcentaje de imbecilidad hay en España? ¿Uno de cada cuatro?), va, hace lo que su naturaleza le llama a hacer, el imbécil, y quema un contenedor o simplemente la lía parda. De momento, viene la policía. Encima los demás imbéciles de entre los manifestantes (según mis cálculos, un veinticinco por ciento de trescientas personas son unas setenta y cinco) se animan y empeoran la situación: vienen los antidisturbios. Seamos lógicos y racionales (aunque no necesariamente objetivos (^_^)): F(realidad) = no existe ningún Dios benevolente + la vida es injusta = pangan justos por pecadores. No es por nada, pero las matemáticas son exactas y esta, una función sencilla (XD). No quiero ni pensar lo que podría haber pasado. Y realmente no sé lo que pasó, porque no suelo leer los periódicos y hace tiempo que dejé de ver la tele (excepto MTV, por supuesto).

¡Ah! Ya se me han ocurrido las palabras: hijo de puta. ¡Es absolutamente perfecta! ¡Ah! Y tambien una menos zafia: inconsciente.

La huelga. Veamos. Se ha convocado esta huelga general con motivo de la Reforma Laboral que el gobierno quiere llevar a cabo. ¿Por qué esto? Pues básicamente porque el país está undido en la mierda. No es que la historia de España haya sido nunca muy brillante en cuanto a economía y dirigentes. Pero digamos que ha partir de hace unos tres años, la economía bajó al sótano 3 y el ascensor se ha averiado, sólo baja o sube un piso, por lo que todavía no ha vuelto a ver la luz ni por los resquicios de las persianas. Y ahora, el encargado de mantenimiento tiene que arreglarlo.

Es relativamente normal que un Estado capitalista sufra variaciones cíclicas. Es decir, que habrá momentos de abundancia y momentos de recesión. El gobierno de ese país tiene el deber de manipular el sistema político, económico, fiscal, etc., de forma que esas variaciones sean lo menos acusadas posible. Esto se estudia en primero de bachillerato en la asignatura de Economía. Vamos, que no es una teoría desconocida ni un secreto del éxito, cualquier político con nociones básicas para llevar un país debería saberlo. O en otras palabras, cualquier gobierno, sea de un partido u otro, debe prevenir esto. Eso en teoría. En la práctica, los gobiernos prefieren que se coma el marrón los de la siguiente legislatura. Por eso, la previsión es nula. A mí me parece una necedad.

Aún más, me parece triste que los que fueron chavales como yo, con ideas de mejorar su país, con unos ideales nobles, caigan en la competitividad por un cargo del que al final se desentienden. Usan cualquier método, en especial la fría y/o absurda mentira, para desprestigiar a la competencia, en vez de preocuparse por lo que se espera de ellos. No me puedo creer que no se den cuanta de que hay "CUARENTA Y CINCO MILLONES" de personas confiando en ellos. Le haya votado o no, cuando alguien sube a la presidencia, cada persona del país espera vivir bien gracias al gobierno de su estado. Pero a esas sabandijas les da igual. Van a diferentes lugares a poner buena cara y a hacer creer a los pobres ilusos que son mejores por vestir bien, o de forma campechana, por tener una bonita corbata, por decir cosas sin sentido alguno pero que quedan de bien...

Sí, me parece muy triste que se haya mancillado así una palabra tan importante: política.

Política: del latín "politice" y del griego politch (más o menos). 1 Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los estados. 2 Actividad de los que rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. 3 Cortesía o buen modo de comportarse. 4 Arte o traza con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado. [...]

Política. Aunque etimológicamente se relaciona con la polis o ciudad-estado griega, la adopción del término en los tiempos modernos lo ha dejado desprovisto de aquel contenido tan definido. [...] Esta traslación del término le ha hecho perder su contenido concreto. Aun en el mundo griego presenta muy diversos sentidos: como técnica para alcanzar el poder se halla expuesta en Pitágoras y en Gorgias; como arte o filosofía moral se advierte en Sócrates; como metafísica histórica, en Platón y Aristóteles, y no sólo como actividad finalista, sino también bajo la consideración científico-histórico-descriptiva, referida especialmente al estudio de las constituiones de las diversas ciudades. En suma, cabe decir de la política que sabemos lo que es, pero no podemos definirla.

Concepto. La doctrina moderna se caracteriza por la diversidad de aceptaciones en que se emplea el término y la falta de unanimidad en su concepción. A principios del s. XX un autor español, Gil Robles, señalaba hasta siete acepciones de "política". En síntesis la definía como "conocimiento bastante y recta y oportuna práctica de los actos jurídicos que deben ordenarse al mantenimiento y prosperidad de la nación; o lo que es igual, al cumplimiento de los deberes de la nacionalidad y la ciudadanía en las respectivas esferas de acción social que a cada persona corresponden e incumben según su estado". Cualidad de político era la virtud y sabiduría en el ejercicio del supremo gobierno de la nación. La historia no suministra tampoco un criterio concreto. [...]

Objeto. De la palabra política se hacen dos usos esenciales: uno para referirse a la ciencia así denominada; otro para aludir a una específica actividad que los hombres realizan. El profesor Carro estima que el objeto de la política son los actos políticos. El atributo de estos actos lo constituye el poder. Olleros lo define como "actividad humana que se propone la realización mediante el poder de un orden de convivencia libre y voluntariamente admitido". [...] La políca, como ciencia, no trata de los actos de la actividad, sino de su obra, de los modos de vida, de las formas que aquella actividad ha creado como su resultado. La política va íntimamente ligada al ser humano y toda concepción de la misma ha de plantearse, como primera premisa, que en realidad específica es el hombre y éste constituye el determinante de su tarea y quehacer.

(Nuevo Diccionario Enciclopédico Universal, Club Internacional del Libro, Ediciones Durvan S.A., no sé qué año exactamente, 2000 o por ahí)

En cuanto pueda, le pediré la definición a mi prima mayor (la de la filosofía especial), que os quedaréis muertos. Literalmente, porque ella piensa que debería caer una bomba en España que nos mate a todos. Su novio no, su novio prefiere que caiga en Estados Unidos. En serio, es super interesante escucharlos. Más de una vez he pensado en gravarles mientras hablan de algo. En plan: "Atención, atención. A partir de ahora, en el blog .:Saskia-Site:. podremos ver a Marina y Lin hablando sobre todos los temas posibles. Desde gatitos hasta alielígenas terminando en la destrucción del mundo". Pero eso será después de tener los derechos, no quiero que ninguna televisión me robe la idea. ¡Es genial! ¡Ya tengo la idea para programas especiales!: "Atención, atención. Hoy, señores, tendremos una invitada especial: ¡Mª Carmen! Que aportará que todos somo idiotas y que el premio Planeta es una estafa". Es perfecto. El primer programa será sobre...mmm... Lady Gaga. A ver cuanto tardan en llegar a su muerte y a la destrucción del mundo.

Sigamos, porque son las 14:29 y todavía no he puesto una frase que tengo preparada desde que empecé la redacción

Fijémonos en la connotación actual (de política, que estábamos hablando de eso, no de mis primas). Piensa. Pon la palabra "POLÍTICO" en tu mente y a ver qué palabras te salen. A mí, lo primero que me viene son: zapatero y rajoy. Esperando un poco más me salen gobierno, dinero, crisis, problemas, personas vestidas de chaqueta, cámaras de televisión, micrófonos, leyes, discursos, discusiones, telediario, mentiras, robo, estafa, malversación, juzgados... y como colofón, malo, azul, rojo y negro.

Creo que ninguna de estas palabras se encuentran en lo que he escrito arriba que está en gris. ¿Y a tí? ¿Qué se te viene a la cabeza? Sea lo que sea, son palabras de connotación negativa ¿verdad?. Nadie quiere hablar de política. Nadie dice: "Cambiemos de tema, ¿os apetece hablar de política?". Yo hice la prueba el otro día en el salón de mi casa cuando se estropeó el mando del televisor y sólo podíamos ver Disney Channel. Inmediatamente, se dispersó la sala.

No, a nadie le interesa la política. O eso parece. Y resalto parece, porque es mentira: todo el mundo habla de política. Pero solo cuando nos afecta. Todo el mundo habló de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña (algo que considero absolutamente antidemocrático, independientemente de que esté a favor o en contra), de la subida del IVA, de la subida de la luz,... ahora mismo no se me ocurre nada más excepto lo de la reforma laboral, que está en boca de todos. Bueno, y lo que todo el mundo repite que, aunque sea políticamente incorrecto, es política (estúpido juego de palabras que me hace gracia): "Esto no es una crisis, es una putada". Y versión sarcástica: "No hay crisis, es una broma de Zapatero".

Y si no me vuelvo a ir por las ramas, termino con lo que venía a decir: mi opinión sobre la huelga. Lo primero, es que no estoy en contra de la reforma laboral. Tampoco a favor. (Viva la bipolaridad por muchos años, aunque yo prefiero llamarlo término medio). Voy a intentar explicar mis razones (sobre la huelga, no sobre llamar término medio a la bipolaridad, evidentemente).

Por si alguien no se había enterado, España está sumergida hasta el cuello en un profundo mar de crisis económica. Un mar grande. ¡Ja! Vamos, ríete tú de lo que pensó la tripulación de Colón cuando llevaban ya un mes viendo agua salada por todos lados, sin comida ni esperanza alguna. De hecho, pertenecemos al grupo denominado por no-me-acuerdo-bien-quién (¿quizás Agela Merkel, o como se diga el nombre de la presidenta de Alemania? es que no me acuerdo) como "Cerdos". Sí, España pertenece al grupo de los cerdos. Esto tiene una esplicación lógica. Quien lo digera, no lo dijo en español, obviamente, los dijo en inglés: "PIGS". Y lo escribo en mayúsculas porque son siglas: "P" de Portugal, "I" de Irlanda, "G" de Grecia y "S" de España (Spain, que es la traducción al inglés del nombre de nuestro país, por si alguien no lo sabía, que hay cada sujeto...). Al parecer, estos cuatro países forman el lastre de la Unión Europea. Cada vez tienen más puntos para que los echen. Si estás algo desinformado en ese tema, te dará lo mismo que nos echen o no, pero ya te digo yo que si España deja de recibir el dinero que nos viene de la UE, podremos asegurar la perdición de nuestro querido y amado Estado. Puff, a la mierda. No tengo ni idea de las consecuencias de una bancarrota a nivel estatal, todavía no he llegado a eso (es lo que tiene la efímera juventud).

Total, que ¡coño! hay que hacer algo. ¡Algo! ¡Lo que sea! No, lo que sea no. Pero, joder, se nos acaba el tiempo y la panda de ... no sé, estaba pensando en "necios", "bobalicones", "imbéciles", etc. Pero ya he usado bastante la segunda y la tercera. Además, la gente de esa calaña merece tener otro adjetivo. ¿Dejenerados? No, hombre, no, Manuel Chaves me cae bien. Absurdos les va genial, pero no es lo suficientemente fuerte. Un momento, que voy a buscar mi diccionario de sinónimos. Aquí está. Algún día contaré la historia de mis diccionarios. Como sinónimos de "imbécil" me salen: bobo, alelado, idiota, papatoste, ciruelo, mamacallos, necio, tonto, estúpico, estólido, mentecato, memo, lerdo, majadero, papanatas, insensato, cretino, deficiente, anormal. Hay tres que no he escuchado en mi vida. Voy a elegir lerdo. Sigamos por donde lo dejamos: y la panda de lerdos que voluntariamente aceptaron el deber de manejar los asuntos que incumben a cuatro decenas y media de millones de personas tienen que poner una solución.

¿Qué solución han escogido? Un reforma laboral que entre otras cosas incluye la posposición de la jubilación, recorte en los sueldos de los funcionarios, y más cosas de las que no me acuerdo, no me he enterado o no he querido enterarme. En resúmen, perjudicial para los trabajadores y en cierto punto beneficioso para los empresarios. Todo ello, sumado a la subida de impuestos y a otros recortes (como la supresión del cheque bebé), hará que "supuestamente" se llenen las arcas del Estado.

Esto es lo que a los trabajadores les molesta, que salen perdiendo. Lo cual, no supone diferencia, porque todos estamos perdiendo en cada segundo que pasamos en este país. Es por eso que la gente debe manifestarse. En serio, si no fuera por el insignificante factor de que estamos en crisis, yo misma montaría un golpe de estado por esta decisión.

Pero la realidad es que hay mucha gente pasando necesidad. Hay muchísima, muchísima gente que lo está perdiendo todo. TODO. Tanto bienes materiales como inmateriales. Cada día una familia pierde su casa. Cada día una amistad se rompe por dinero. Todos los días miles de parejas discuten. Miles de personas pierden su autoestima al ver que no pueden mantener a su familia. Tres millones de parados se preguntan cuánto tardarán en llegar los papeles del juzgado.

Y, ahora, hay gente, con el gran lujo que supone tener un trabajo, en la calle, sin trabajar e impidiendo que la gente trabaje. Qué asco.

Pero más asco me dan lo que han provocado esto, los sindicatos. Ellos, que se pasan la vida arrascándose las narices y tocándoselas a otros. ¿Qué pasa? ¿Qué quieren ver sus nombres en los libros de historia? Pues que monten un suicidio colectivo para que salgan en algún periódico online. Así, cuando alguien busque sus nombres en google, saldrá algo. Pero que no nos jodan a los demás.

Y lo que es más, ¿cuántos de los que han participado en esta protesta saben realmente de lo que se está hablando? Quizás le han dicho lo mismo que el padre a su hijo: te van a quitar dinero. Punto pelota.

¡¿Qué pensamientos se le pasa a esta gente por la cabeza?! "Me van a quitar cien euros de mi mensualidad, ¡oh no! ¡Voy a tener que vivir acorde con mi situación financiera y no por encima! ¡Ya no podré comprarme mi televisión de plasma, ni mi hijo se podrá comprar cincuenta juegos más de la PS3 de unos 60€ cada uno, ni mi mujer, que no trabaja, organizará un viaje a un hotel de cuatro estrellas, ni mi hija, que ni estudia ni tampoco trabaja se podrá gastar más de doscientos euros cada semana en cubatas y vestidos caros!"

Seamos realistas, si eres mileurista, ¿qué te metiste para firmar la hipoteca de ese chalé? Cambia de camello. Ni siquiera yo flipo tanto. Españoles, quitaos la venda y dejad de vivir por encima de vuestras posibilidades. Si no tienes, no tienes; mejora y medra hasta que no tengas que endeudarte hasta las trancas.

En cuanto a lo de la jubilación, tengo un ejemplo: por mucho que yo odie a mi ex-profesor ("EX" =D), al que solo le queda un año más o menos para jubilarse, sé que todavía podría dar guerra durante cinco cursos más. Está en un perfecto estado de salud y sigue desarollando el talento de probocar que la gente lo aborrezca como solo él sabe (¡Te odiamos Willy Fox!). Bueno, sobre esto no me incumbe hablar, porque de estar yo en la situación de todos aquellos a los que le afecta, quizás cambiara de idea.

En resúmen, que estamos en época de vacas flacas y hay que apretarse el cinturón para que nos quede bien el pantalón. Bueno, la verdad es que yo tengo que aflojarlo un poco, pero con la ansiedad del instituto ni se me pasa por la cabeza dejar mi droga: el chocolate.

Ahora bien, no penséis por un momento que estoy de acuerdo con ella. Lo he dicho antes: hay que hacer algo, pero no cualquier cosa. Y esta reforma, es cualquier cosa. Perjudica gravemente a la base de cualquier gobierno demócrata: la ciudadanía. Si estamos hablando de un gobierno que se perjudica a sí mismo... ¿no se trata de masoquismo? Supongo que el corazón tiene razones que la razón desconoce. Pero ellos no deben tiner corazón. Ni sentimientos. Sólo razón. En su casa pueden hacer lo que quieran, pero en cuanto salen de allí, deben ser fríos, y no masoquista. Ssssht, masoquismo caca. Razón bueno. Y así todos somos felices y comemos perdices.

El problema está, claro, en que nuestros gobernantes parecen carecer de cerebro. Desde luego, qué lastima, pobres de nosotros.

¿Y sabéis qué es lo peor? Que en las próximas elecciones saldrá elegido Mariano Rajoy. Ojalá que existiera un Dios (creo que ya he dejado bastante claro que soy atea, algo que tampoco me han inculcado mis padres) y se compadeciera de nosotros. ¡Oh, Atenea, diosa de la sabiduría, córtate una uña y haz que caiga en el café de José Luis Rodríguez Zapatero (prefiero apoyarlo a él, más vale lo malo conocido que lo peor por conocer) para que se le pegue algo de inteligencia o al menos deje de terminar las palabras acabadas en "d", en "z"! ¡¡¡¡Me pitan los oídos cuando lo oigo, la cabeza me estalla y me entran náuseas!!!!! Mmm, a lo mejor es por campaña... ¬¬ puede ser, claro: solidaridaZ, amistaZ, unidaZ, ... ZP. Ingenioso, ingenioso... No, creo que sólo se me ha ocurrido a mí, ellos no llegan a tanto. Da igual, el caso es que cuando el Partido Popular suba al poder, nos encontraremos con una catástrofe digna de...mmm no lo sé... ¿el reinado de Felipe IV?.

Lo genial sería que la mayoría votase en blanco. Creo que con la mayoría bastaría, aunque no estoy muy segura. ¡¿Qué?! ¡¿Crees que estoy loca por pensar que una mayoría votaría en blanco?! Sí, soñar es gratis. Pero no tan loca: suma los votos en blanco con la no asistencia. Aunque el voto en blanco tenga más fuerza, ambos son una señal de desacuerdo con lo que nos quieren imponer: un gobernante imbécil, que es lo que tenemos para elegir, sea del color que sea: rojo, azul, verde o amarillo fosforito.

Y termino cuando el reloj marca las 17:51. Vaya... Estaba inspirada aunque me haya salido una mierda.

Seguramente habré puesto mi inteligencia en duda unas cuantas veces, pero ¿sabes qué? ¡Me he quedado de agusto...! [¿se escribe "a gusto" o "agusto"?] En serio. ¡Woa! Estoy completamente desahogada. Sí, querida yo, sabemos que nedie habrá llegado hasta aquí, pero consuélate sabiendo que podrás leerlo tú cuantas veces quieras. Sería genial que si alguna persona lo leyese entero dejase un comentario... (es una indirecta ^_^).

Y, después de todo, la verdad, la verdad de la verdad, es que me da igual, porque en cuanto termine de convencer a mi tío Carlos de que se mude a Inglaterra, me iré a vivir con él. Espero conseguirlo antes de empezar la universidad...

Pero antes de pensar en entrar en la uni, será mejor que me ponga a estudiar hoy y disfrute de la vida día a día. ¿No?

Jajaja ¿No te hace gracia mi estilo? :D